A polis y ladrones – El mirón (VII)
Pocos días antes, había leído en un libro del Punset que, en contra de lo que te dice el raciocinio y
la sabiduría popular, más que con el roce y el cariño, a tu media naranja la encuentras por flechazo, porque tus sentidos y tu intuición captan inmediatamente con quien eres compatible. En cuanto uno se pone a pensar, lo estropea todo.
Pero yo, haciendo caso omiso de mi corazón, ordené desde mi cerebro que se fueran a freír espárragos las dichosas mariposillas que revoloteaban en mi estómago, cuando, desde el bar de la Paqui en el que estaba esperando, vi salir del coche patrulla al agente Santiago, por mentirosas, inducirme a infundadas esperanzas y una vez más arrastrarme más que previsiblemente a la debacle sentimental total.
Salí a su encuentro y ellos al reconocerme se acercaron a mí, pero quien me habló fue el otro policía.
- ¿Nos ha llamado usted...?- me preguntó
- Sí, es que alguien ha entrado en mi casa.
- ¿Ha visto quien era?
- No... bueno, sí... una sombra... es que lo he visto desde otra casa...
- ¿Desde qué casa...?
- Eh...desde la casa del chico al que mataron...
- ¿Qué...?
- Bueno... es que... había una fiesta... y me invitaron...– ambos me miraron de arriba abajo - Bueno vale, voy a decir la verdad... Vi que había una fiesta y me colé porque quería comprobar qué se veía exactamente desde la habitación desde donde nos grababa.
-Puf... - bufó mirando a Santiago- otra con el síndrome CSI.- Anda, vamos a subir al piso- me dijo en tono condescendiente.
Cuando entramos, era evidente que alguien había estado rebuscando en armarios y cajones.
- ¿Cerró con llave al salir?- me preguntó el mismo
- No, salí con prisas y sólo le di un tirón.
- No parece que hayan forzado la cerradura, pero esto lo abre un niño con una radiografía. Mire a ver si encuentra a faltar algo.
El agente Santiago, que no me había dirigido la palabra en todo el rato, y al que yo tampoco había mirado a la cara aún, le dijo a su compañero que iba a preguntar a los vecinos del rellano si habían visto u oído algo. Después de echar un vistazo general, me pareció que no se habían llevado nada y el policía me recomendó que sería mejor que me fuera a pasar aquella noche a otro sitio, y yo le respondí que me iría a casa de mis padres.
Al salir, vi a Santiago interrogando a la violinista, que le contestaba con la puerta entreabierta que no, que ella no había oído nada de nada, quizá porque llevaba toda la tarde escuchando la Marcha eslava de Chaikovski con los cascos.
Cuando llegamos al portal, me di cuenta de que lo que había pasado ya era de dominio público. Casi todos los vecinos habían bajado, algunos en pijama y otros en ropa de andar por casa, y tenían rodeados a dos agentes más que se habían quedado esperando en el portal asediándolos a preguntas y disposiciones.
Un policía desataba las manos al padre de la familia de rumanos inquilinos del piso de alquiler, a quien el señor Mateu había bajado maniatado junto con su mujer y su hija, mientras Doña Urraca le espetaba que se llevaran a toda la familia, que seguro que habían sido ellos.
- Señora, no estamos en el tercer Reich- le contestó el agente mientras deshacía el nudo marinero hecho con una soga gorda.
Nuria y Miquel, los Serrano, que habían bajado con los cuatro niños, pues esa semana les tocaba tenerlos a todos, preguntaban ansiosos al otro agente si estos hechos que estaban ocurriendo en la comunidad podían interferir negativamente en el expediente de adopción que habían iniciado de una niña china.
El presidente de la comunidad, con batín y zapatillas negras, departía con la madre Riba, con bata y zapatillas azul celeste, rulos y rejilla en la cabeza. Ella, con los brazos cruzados y una mano sobre la boca no hacía más que repetir que, adónde íbamos a parar, que ya no estaba segura una ni en su casa. Él, haciendo gala de ser asiduo lector de prensa, le contestó para tranquilizarla que pese a lo que pudiera parecer a la vista y oído de noticias y programas varios de sucesos, éramos uno de los países con el índice de criminalidad más bajo de la UE. Paco, que los había oído, se unió a ellos y sentenció:
- Como decía Confucio, trabaja en impedir delitos para no necesitar castigos.
Ella había bajado también a la abuela con Alzheimer en la silla de ruedas, que miraba a un lado y a otro y que pensaba que aquella congregación se debía a que iba a haber una boda.
El niño de los Riba llevaba el perro, un chucho canijo de esos que en cuanto te ven se te encara y se ponen a ladrar como un loco, por si no había suficiente alboroto ya. Al verme aparecer, el niñato gritó:
- ¡La profe de inglés va vestida de puta!- acto seguido su padre le dio un collejón y el niño le contestó: - A que te denuncio.
- ¡Qué guapa que va la novia! – añadió al abuela Riba- ¿Eres tú, el novio?- le preguntó a Paco.
Entonces, todos se percataron de mi presencia y se preocuparon por mi persona, si había sufrido algún daño, si sabía quién había sido, si me habían robado, si necesitaba algo...
Yo estaba un poco aturdida, oí que Paco me decía algo de unas clases de defensa personal, que el presidente hablaba de instalar una cámara de seguridad, aprecié como el señor Mateu miraba pecaminosamente el trasero de una de sus inquilinas Ecuatorianas... En ese momento apareció Pere y abrazó a Patricia, que lloraba desconsoladamente, y le aseguró que en cuanto hubieran vuelto a cambiar el suelo, puesto el tatami en la habitación, Jazzpel se dignara a instalarles el adsl, y tuvieran el agua osmótica, se irían a su nuevo pisito y abandonarían aquel horrible lugar.
El policía me propuso llevarme a casa de mis padres en el coche patrulla y yo accedí. Para mi sorpresa, cuando llegamos, Santiago, que no me había dicho ni mu hasta aquel momento, se bajó del coche y me acompañó hasta la puerta.
-Oye, no hagas más tonterías, que esto no es una película. Han matado a una persona. Ándate con mucho cuidado, y llámanos si pasa cualquier cosa.
Yo asentí con los ojos sin decir nada, porque si hubiera abierto la boca, se hubieran escapado mil mariposas.