A polis y ladrones – El mirón (VIII)
Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pues la mujer, también.
Al día siguiente, volví a mi piso con la intención de llevarme lo necesario para irme a pasar una temporadita a casa de mis padres, siguiendo la juiciosa recomendación del agente Santiago. Ordené el piso y cogí la ropa que necesitaba. Al cerrar la puerta del armario, sentí que había visto algo que no me cuadraba, aunque no sabía qué era. Así que, lo volví a abrir y lo examiné bien, pero no veía qué era lo que me había llamado la atención. Conque lo dejé estar y me puse a meter la ropa en la maleta. Entonces me di cuenta. Fui de nuevo el armario y, repasando el cajón de la ropa interior, comprobé que quien entró en mi casa SI se había llevado algo. Unas braguitas. Eran de esas que guardaba para una ocasión especial, y que, cada vez que abría el cajón, estaban ahí para recordarme, por si algún día se me olvidaba, el tiempo que llevaba sin comerme un rosco. Y eso sí que no estaba dispuesta a pasarlo. En mi casa no entra ningún asesino de tres al cuarto, que casi necesita un cursillo para degollar al de Cardona, y se lleva una de mis braguitas que llevo tanto tiempo guardando con todo el cariño esperando que lleguen días mejores a mi cama.
Bajé al bar a comunicarle a la Paqui mi descubrimiento y mi consiguiente decisión.
-¿Y estaban limpias? – me preguntó
-Pues claro, si estaban en el armario.
-Será un fetichista...
-Pues igual sí... Pero te digo una cosa. Yo ahora sí que no me voy de mi casa, y no sólo eso, sino que pienso descubrir quién ha sido.
-Cuidadín, cuidadín... a ver si por culpa de las dichosas bragas te va a pasar algo...
-He pensado apuntarme a clases de defensa personal, algo me dijo Paco ayer...
-Oye, por cierto, ¿te acuerdas de uno de los policías que vino ayer? El que te habló cuando vinieron a buscarte no, el otro.
-Sí...
-¿Sabes con quién está casado?
-Vaya, qué raro... – murmurando irónicamente
-¿Qué raro el qué?
-No, nada, no me hagas caso... ¿Con quién está casado?
-¡¿Mireia?!
-Sí...
-No...
De todas formas, me resultaba difícil imaginarme a mí misma volteando a un tío tres veces más grande que yo, pero me dije que de algo me serviría.
Durante aquella semana hicimos un entrenamiento intensivo. Uno de esos días, mientras estaba practicando con Paco como deshacerme de alguien que me está intentando estrangular con su brazo por detrás, se me vino a la cabeza la repentina desaparición de Esther, su novia, hacía unos meses, y no se me ocurrió otra cosa que preguntárselo en aquel preciso momento:
-Oye, Paco, ¿y no has sabido nada más de Esther? ¿Es raro que nadie sepa nada de ella, no?
Como estábamos practicando delante del espejo, pude ver su cara, y como al apacible Paco le cambió el semblante y se le nubló la vista, y, sin contestarme, serio e inmóvil, como ido, me apretó aún más el cuello, y yo, que me estaba quedando sin respiración, pronuncié un par de veces su nombre casi sin voz, sin poderlo sacar de su trance. Justo en ese momento, entró providencial la profesora de salsaterapia para avisar que ya se nos había pasado la hora. Entonces, Paco volvió en sí y yo pude respirar.
-No, no tengo ni idea de donde está- me respondió - Como dice Confucio, no pretendas apagar con fuego un incendio, ni remediar con agua una inundación.
















