
Hace unos días hablé de pelos y hoy voy a volver a hablar de ellos, aunque la verdad es que ésta que habla frecuenta poco la peluquería. No obstante, no pongo mi cabeza en manos de cualquiera, no señores, porque con el pelo no se juega, así que, desde que vivo en la City acudo a una peluquería súper mega fashion del centro, una donde el dueño o encargadillo, no sé muy bien su rango, es un tío grandullón y muy machote, rapado y con perilla de chivo, con look de roquero demodé, acompañado siempre de un perraco como un caballo, que a pesar de su tamaño parece bastante manso, el perro, el amo no lo sé. Ambos personajes confieren a este lugar, que por otro lado es de total confianza para la integridad de tu pelo, una idiosincrasia digna de esta ciudad de los prodigios, como la llamó aquél, donde lo impensable se hace carne y deviene normal.
A mí siempre me toca el mismo peluquero, y eso que hay más personas allí, pero siempre me peina él, y yo estoy contentísima, es un genio con las tijeras, siempre me corta exactamente como yo quiero, y tiene un estilazo haciendo saltar el pelo al cortártelo sin igual, el tío tiene más plumas que mi edredón. Es el mejor, pero es un estúpido, parece mentira que te toque el pelo tan delicadamente y luego para moverte a ti sea tan brusco, te pega unos meneos a la cabeza sin previo aviso que te dejan medio lela, te lava sin miramientos, dejando que te resbale el agua por la cara, con lo que eso molesta, se hace unos líos él sólo con el cable del secador y te hace sentir que eres la culpable, cuando tú no puedes evitar estar allí en medio, y por supuesto, no te dirige la palabra más que para el estrictamente necesario “siéntate aquí” y “ella te pondrá el tinte y luego sigo contigo”. Por como he visto que trata a las chicas que hay allí, me parece que es un poco déspota con las mujeres, porque con sus amiguitos que son de su misma acera tiene un trato más agradable, y aún así tiene un punto borde, estirado y esnob que no se lo quita nadie. Pero claro, yo quería caerle bien, con lo feliz que soy yo poniendo mi pelo en sus manos, qué bonito que sería, pensaba yo, que me tratara bien, con lo necesitada que estoy de cariño.
De cómo una puede hacer el gilipollas además de con los tíos que le gustan, con su peluquero maricón, en la siguiente entrega.




