domingo, 25 de mayo de 2008

A polis y ladrones - El mirón (II)


Parte II

En el sexto tercera vive la violinista, que toca en la orquesta sinfónica de la ciudad y da clases particulares en casa, cuya voz melosa y música celestial con la que deleita al vecindario contrastan con su aspecto físico, pues es bajita, regordeta, contrahecha y de ojos saltones, pero llamadla tonta, que durante las clases particulares se oyen también otro tipo de sonidos jadeantes y entrecortados, y no sólo realiza duetos, también tercetos. Lo que no se sabe es si es una manera de sacarse un sobresueldo, que la vida está muy mala, o lo hace por amor al arte y para el simple disfrute de su cuerpo serrano, pues este comentario oído una calurosa tarde de verano de ventanas de par en par, deduzco que pronunciado a un par de novatos, no me saca de dudas: “yo a vuestra edad ya me había tirado a toda la orquesta”.

En el cuarto cuarta vive Paco, un excompañero del colegio, apuntado de pequeño por sus padres a taekwondo para que se desahogara dando patadas en otro sitios y a otras personas fuera de su propio hogar, caso perdido para sus progenitores y para la institución escolar, que tras alguna que otra breve visita a las dependencias policiales antes incuso de su mayoría de edad por meterse en líos de baja intensidad, acabó encontrando su camino en el taichí durante su estancia en un centro de desintoxicación de drogas, y hoy en día es una persona de provecho y profesor de taichí en un centro de terapias alternativas, al que yo misma asisto, y te habla del yin, del yang y de taoísmo con su deje de macarrilla. Allí mismo se imparte pilates y biopilates, danza del vientre, salsaterapia, yoga y yoga extremo, reiki , terapia Gestalt y disponen de consulta astrológica y venta de piedras con propiedades curativas. Vivía con su compañera sentimental, profesora de pilates del mismo centro, a la que se la tragó la tierra unas semanas antes del asesinato sin despedirse ni del trabajo. A decir de él, ella lo había dejado y se había ido a otra ciudad.

Los Riba son una familia de lo más típico y entrañable, formada por padre apocado, madre histérica, niño hiperactivo, niña retraída y con hierros en la boca, abuela con Alzheimer que grita por las noches y a la que atan a la silla de ruedas durante el día para que no se escape, abuelo con demencia senil postrado en la cama, perro, tortuga y dos periquitos, todos ellos en un piso de 70 metros cuadrados, y que por algún misterio en los entresijos inescrutables del estado del bienestar no tienen prioridad en la asignación de plaza en las residencias públicas de ancianos, ya que la diligente asistente social ha hecho constar en el informe que “si el abuelo quisiera se levantaría de la cama y si la abuela quisiera se estaría sentada y no gritaría”

A los del segundo tercera les llaman “los Serrano”, y son una nueva familia típica. Miquel y Nuria están divorciados de sus anteriores parejas y cada uno tiene dos hijos. Según las semanas, como tienen la custodia compartida, son más o menos en el piso, dependiendo de si a los niños les toca estar con ellos o con sus otros padres. Hace poco, han tenido una niña fruto de su mutuo amor. Ahora están pensando adoptar una niña china.

En el sexto cuarta vive una treintañera profesora de inglés de un instituto público de secundaria, que aunque habita bajo los pies de “el látigos” y pared con pared con la violinista casquivana, no deja perturbar su espíritu ni su firme decisión de llevar una vida contemplativa respecto a los hombres, harta de buscarse siempre los que no le convienen, aunque alberga la esperanza de encontrar al hombre de su vida algún día. Adicta a las terapias espirituales y a las bebidas espirituosas, asidua a exposiciones de arte y películas iranís en versión original así como a tiendas de ropa mona y zapaterías, fan de libros de autoayuda y de historias de misterio. Incomprensible para sí misma y que se siente incomprendida por el mundo... Coño, si esta soy yo.

La semana que viene empieza la acción con las pesquisas de Laura en el caso del asesinato del mirón...

domingo, 18 de mayo de 2008

A polis y ladrones - El mirón (II)
Parte I

Antes de proseguir con la historia, creo necesario poner en antecedentes a los lectores sobre los vecinos que habitan la finca. Como los implicados en el caso que nos ocupa son los que dan al patio interior, los de las puertas tercera y cuarta, sólo hablaré de ellos.

El sempiterno presidente de la comunidad, del séptimo cuarta, es un señor muy serio y respetable que vive solo, siempre impecablemente trajeado, justo y competente en sus opiniones y actuaciones como presidente, alias "El látigos", por sus gustos sexuales de los que yo misma soy testigo auditivo, que vivo debajo, de quejidos e improperios siempre de voces masculinas. Sin embargo, en las reuniones vecinales nadie osa en su presencia hacer el mínimo comentario, ni sonrisilla, ni miradita de complicidad entre vecinos cuando por ejemplo, refiriéndose a los obreros que estaban arreglando la fachada, decía “hay que ser inflexibles”, porque es un mandamás de Hacienda, y con el dinero no se hacen bromas.

El señor Mateu, del tercero tercera, está jubilado aunque va todos los días a Barcelona a trabajar al Arzobispado, donde se encarga de la maquetación de la hoja dominical, gracias a los conocimientos adquiridos en un cursillo de Quark express para jubilados que realizó en el centro cívico del barrio, y aunque tiene parálisis del brazo izquierdo de resultas de una embolia, con la mano derecha maneja a la vez el ratón y el teclado con una habilidad pasmosa. Esta tarea la realiza motu proprio y sin remuneración alguna por los servicios prestados, sólo por la fe en la salvación de su alma, porque al parecer, el primer día que fue le dijeron “Dios te lo pagará”, y eso, en el seno de la iglesia católica, va a misa. Su señora esposa es la mismísima Doña Urraca de los tebeos hecha carne y huesos.

Tuvieron un hijo que voló del nido familiar en cuanto tuvo uso de razón y la edad de emanciparse, y se fue a vivir a Gerona, al que no se le ha vuelto a ver el pelo nunca más, y eso que ellos le habían comprado un piso en la misma finca. Dicho piso, el primero tercera, lo tienen alquilado, y en aquella época allí vivían: una familia de rumanos, padre, madre e hija, que ocupaban una habitación; dos mujeres ecuatorianas empleadas del hogar que compartían habitación y cama, y a decir del vulgo, no eran pareja sino que sus exiguos ingresos no les permitían más; y en la tercera habitación, un catalán prejubilado con la pensión de invalidez y recién divorciado a los cincuenta. Cada uno de ellos con un candado en la puerta de su habitación. Los dueños de la casa, que no sólo desean la salvación de sus propias almas sino también la del prójimo, convencidos de que sólo una vida parca, sencilla y alejada de frivolidades abre las puertas al reino de los cielos, mantienen el piso de origen y sin ningún detalle que pueda suponer el menor atisbo de confort, de manera que los inquilinos han de superar diariamente pruebas de austeridad cristiana que fortalezcan su espíritu.

En el octavo tercera vive la familia Vilajosana, catalanes de pura cepa, y en el octavo cuarta los Sánchez, que también lo son. A sus hijos, Pere y Patricia, que viven con sus respectivas familias, se les conoce como “los amantes de Teruel”. Ambos enamorados, de tan sólo 38 añitos, protagonizan una bonita y acaramelada historia de amor que se fraguó en su más tierna infancia, y que ha durado hasta nuestros días, sin perjuicio de algunos breves períodos de paréntesis por infidelidades y disputas varias de jovenzuelos. Hace 8 años que se compraron un piso de protección oficial, que les tocó por sorpresa sin saber ni ellos mismos que optaban a uno porque quienes presentaron la solicitud en su nombre fueron los padres. Pero, esas cosas que pasan, que te pones a cambiar los pomos de las puertas y acabas cambiando el suelo tres veces y los armarios de la cocina dos porque, cuando lo han acabado de poner, ya no se lleva ese estilo y no tienes bemoles de irte a vivir si no está todo como mandan los cánones de la moda. Él es Project manager en HG y ella médico cirujano en la Péknon, y aprovechan los fines de semana para irse de compras a Nueva York, mientras sus mamás les preparan el bocadillo para el lunes. Hace poco, tomando café en mi casa, Patricia me confesó que últimamente estaba un tanto inquieta por la poca prisa que veía en Pere en trasladarse a su nidito de amor. ¿Crees que ya no me quiere, Laura?- me inquirió.

El décimo tercera es el piso maldito. Cuentan los que habitan el edificio desde los inmemorables 70 en los que reinaba la ropa de pana, que aquel piso quedó maldito tras un trágico y sangriento suceso sobre el que se corrió el más tupido de los velos y del que no osan ni hablar. Tras el infame hecho, el piso fue puesto a la venta y comprado por un anónimo que nunca se ha dado a conocer y el susodicho lleva veinte años cerrado. Sin embargo, los vecinos colindantes aseguran que de tanto en tanto se oyen ruidos y movimiento en su interior, y las persianas aparecen ora subidas, ora bajadas. A mí me explicó la Paqui lo acaecido allí, pero juré no contarlo... a no ser claro, que algún día ocurra algún hecho que haga necesario sacarlo a la luz...

Continuará el lunes, con el resto de los vecinos...

lunes, 12 de mayo de 2008

A polis y ladrones - El mirón (I)

El día que firmé la hipoteca de mi piso, además de la certeza de que me unía en la riqueza y en pobreza y en la salud y en la enfermedad al Euríbor, también tuve el presentimiento de que mi vida estaba a punto de cambiar.

Tras varios años trabajando en Francia, Inglaterra e Irlanda como traductora y profesora de español, después de romper con John, sentí que mi tiempo en Londres se había acabado y que necesitaba volver a casa, y eso no significaba sólo con mi familia, sino a mi barrio, mi ciudad, mi país.

Así que, me compré el piso en Sabadell, en mi barrio de toda la vida, que bonito no se puede decir que sea, pero si un día me marché de allí porque se me había hecho pequeño y necesitaba conocer mundo, ahora volvía porque echaba de menos su humanidad. Se construyó casi entero en los años 70, con prisas y a pedazos, y si antes acogió a andaluces, murcianos y extremeños, ahora acoge a rumanos, sudamericanos y árabes. Es significativo que el barrio se llame “La concordia”. Yo creo que los nombres van ligados al destino de las cosas, así que, habría que pensárselo mejor antes de ponerle el nombre a una calle, y lo digo con conocimiento de causa, que en Francia viví en una rue des fusillés, y a los dos meses tuve que salir de allí por patas.

Mi edificio, como el barrio, es muy heterogéneo, y como tiene 11 plantas, necesariamente tiene que haber todo tipo de especímenes humanos. Junto al portal está el ”Bar Los pajaritos”, al que hace poco han puesto el cartel bilingüe añadiéndole “Bar Els ocellets”, inefable bar de maromos, de carajillos por la mañana y fútbol el fin de semana, donde me tomo el café antes de ir a trabajar, y donde también la Paqui, la mujer del Ciscu, me pone al corriente de los cotilleos del barrio. A través de ella también me he enterado de los chismes que corren sobre mi persona. A saber, se rumorea que mi última ruptura sentimental me había dejado destrozada y me había vuelto lesbiana, única explicación posible a que no me hubieran vuelto a ver con ningún otro hombre desde hacía casi un año. Efectivamente, había estado liada con un profesor de gimnasia, casado y a la sazón director de un instituto de Rubí donde había trabajado, que me había roto el corazón, pero, quién le manda a una meterse en camisas de once varas... Y aunque a veces me pregunte a mí misma por qué, lo que me gustan son los hombres. En agradecimiento, yo también le contaba a la Paqui si alguien se quejaba del café o de las bravas. Una vez, a la vecina del tercero tercera, que se quejaba constantemente de que su café le hacía ir al váter, le añadió a la carga del café las cenizas de los cigarrillos de uno de los ceniceros. - A ver si le estriñe- me dijo la Paqui.

Las ventanas de mi piso dan al patio comunitario, cerrado por los cuatro bloques que forman la manzana. Mientras friego los platos, puedo ver a los vecinos de los edificios de los lados y un poco menos a los de enfrente, que están un poco más lejos.

Así que, aquel sábado, después de hacer la compra, ataqué la pila la platos que llevaban toda la semana amontonándose. Mientras le ponía lavavajillas al estropajo, miré por la ventana a ver si había algo con lo que entretenerme, y al no ver nada digno de ser observado, me sequé las manos y pensé que prefería cantar mientras fregaba. Decidí ponerme a Falete y tarareando “Paloma brava” me puse a acometer mi misión. De repente, miro hacia mi derecha y lo que veo en el edificio de al lado me interrumpe. En una de las ventanas abiertas del piso donde viven estudiantes de la UAB, veo una cosa dentro de la habitación, como un palo largo negro, recto, que se mueve levemente, como si fuera una serpiente de pie, hipnotizada por la flauta de un encantador, pero más ancha que un brazo, así que, si era una serpiente tenía que ser como mínimo una anaconda de la selva amazónica. Me quedo inmóvil y estupefacta con el estropajo en la mano y me digo a mí misma que no puede ser una anaconda, pero desde aquella distancia no alcanzaba a distinguir bien lo que era, y además, no podía ver lo que había por debajo de la ventana. Y yo sigo fregando los platos mirando fijamente aquello, convenciéndome a mí misma de que, aunque por supuesto que existen seres humanos que deciden fruto de su propio albedrío compartir su vida y dar su más profundo cariño y cuidados a animales que el común de los mortales ha considerado desde el albor de los tiempos peligrosos para la vida humana, y que salen ufanos en programas como El Diario de Patricia a desmentir tales extremos sobre su peligrosidad con su propio testimonio, porque hay gente para todo en este mundo, pero desde luego el bicharraco en cuestión no se estaría ahí tieso delante de la ventana abierta mirándome a mí... o sí, si acabase de engullir a su dueño y estuviese haciendo la digestión...

Aquello me tenía intrigadísima, y se me ocurrió coger la cámara de fotos con la idea de que a lo mejor con el zoom podría ver lo que era. Fui a por la cámara, abrí la ventana y al salir a hacer la foto, inmediatamente desapareció. Vaya, vaya, a la anaconda no le gusta que le hagan fotos. Me puse a hacer otras cosas en el piso lejos de la ventana y de vez en cuando miraba a ver si veía a Ana, la llamo así para acortar, pero ya no estaba allí. Al cabo de un rato, me puse de nuevo en el fregadero como si hiciera algo, y Ana volvió a aparecer. Cogí la cámara de nuevo, y al salir a la ventana, se volvió a esconder. Por lo visto, a Ana le gusta jugar.

Aquel piso lo compartían dos chicas y un chico, y aquella era la ventana de la habitación del chico. Sin embargo, después del primer avistamiento de la presunta anaconda, no volví a ver nunca más al chico. O Ana se lo comió a él, o él se convirtió en Ana, que aparecía cada vez que yo me ponía a fregar los platos. El tema me empezó a molestar un poco, porque, si él me veía cuando yo sacaba la cámara es que aquello debía tener una cámara camuflada o algo así, y con lo que está de moda ahora grabar a la gente y colgarlo en internet, no me hacía ni pizca de gracia pensar que había vídeos míos por ahí, aunque fuera haciendo algo tan casto y puro como fregar los platos, que hay gente a quien le gusta cosas muy raras..

Un día, volviendo a casa del trabajo, al pasar delante del bar, oigo a la Paqui que me llama:

-Ps, ps... Laura, ven, entra- me dijo en voz baja
-¿Qué pasa? – pregunté
-¿Oye, te has enterado?
-¿De qué?
-Que han matado a un chico en el portal del 56...
-¡Quéee!
-Sí, ese chico de Cardona que vivía con dos chicas... que eran los tres estudiantes de la universidad...

Continuará, la semana que viene...

domingo, 4 de mayo de 2008

Nuevas en el caso del robafelpudos


Ese individuo que ocupa su tiempo libre, que debe ser mucho, en pensar de qué manera atormentar a los vecinos de la comunidad de mis padres, alias el robafelpudos, ha vuelto a actuar, y felicito a todos los que votasteis que nos iba a sorprender con una fechoría inédita, porque así ha sido.

En las últimas semanas han acaecido dos hechos que la rumorología vecinal ha atribuido al malhechor de la escalera. Un par de semanas después de ponerle silicona a la cerradura de los del tercero tercera, que, como ya os comenté, provocó una indignación generalizada y reavivó las suspicacias entre los vecinos que durante los últimos meses se habían apaciguado, apareció la ventana del rellano del primero con el tirador arrancado de cuajo. Me hubiera gustado hacerle una foto para que lo vierais, porque hay que ser un animal para romper así el tirador de una ventana de aluminio, pero, la verdad, tal y como están los ánimos, no me atrevo a ponerme a hacerle fotitos a nada.

El segundo suceso tiene tintes más infames. El vecino del segundo cuarta falleció la semana pasada, era un señor mayor que llevaba toda la vida viviendo allí, hacía años que estaba enfermo y siempre había sido apreciado por todo el mundo. Algunos vecinos decidieron colgar en el portal un cartel a modo de dedicatoria póstuma por parte de la comunidad, de lo que se encargó mi padre, y a su viuda le hizo mucha ilusión. El cartel duró unas horas porque durante la noche alguien lo arrancó, lo despedazó y lo tiró a la papelera que hay bajo los buzones.

Está claro que la estrategia de los vecinos de no hacer nada para ver si se le pasa la tontería al vecino que los atormenta, produce precisamente el efecto contrario. Como me aconsejó sabiamente no hace mucho una participante de este blog sobre otro tema que no viene al caso, las cosas a veces no se arreglan por si solas, hay que darles un empujón...