domingo, 14 de diciembre de 2008

Este es el último capítulo del 2008,
Laura va a estar ausente hasta después de las fiestas navideñas...

A polis y ladrones - El mirón (XVI)


Parte II

Mientras esperaba acurrucada en el coche, saqué del bolso unos prismáticos pequeños que había cogido por si tenía que aparcar muy lejos y no alcanzaba a ver mi objetivo. De paso, al verlo encima del escritorio al marchar, había metido un abrecartas, regalo de una navidad del instituto, y que la primera vez que lo vi, pensé que aquello podía ser un arma de destrucción masiva en manos de según qué alumno.
Trayéndome esto el recuerdo de la navidad y estando pensando en los regalos que tenía que comprar, de repente el sonido de un disparo me sacó de mis cavilaciones, seguido inmediatamente de un segundo tiro. Me quedé de piedra, aún más cuando observé como el compinche de Paco cogía las de Villadiego en el coche y los dejaba tirados... Lo sabía, sabía que algo iba a salir mal. Rápidamente cogí el móvil, marqué el número de la policía y les dije que había oído unos disparos, les di la dirección y colgué. Un vecino sacó la cabeza por la ventana y otro salió en batín a la calle, arranqué el coche y de lejos vi como la puerta de la casa se abría y salían Paco con Esther y su compañero, que se quedaron estupefactos al ver que les faltaba su medio de escape. En ese momento llegué yo y, al reconocerme, subieron rápidamente al coche y salimos escopeteados. Por el espejo del retrovisor pude ver que faltó un solo segundo para que los alcanzaran dos tipos que salieron de la casa.
- ¿Paco, adónde vamos?- le pregunté
-Pues a casa.
-¿Y si nos persiguen?
-No sé... pues da una vuelta antes...
Dimos unas cuantas vueltas por la ciudad dormida.
-Bueno, ya que os habéis conocido, os presento. Laura, Ángel.
-Encantada...
-Tronca, qué suerte que hayas venido... El Charli nos la ha jugado con el espray ese, en vez de dormirlos, los ha despertado. Y además se da el piro.... Cuando lo pille se va a enterar... – sentenció el ángel caído.
Cuando llevábamos un rato dando vueltas, decidimos que no nos seguía nadie y primero dejamos a Ángel en su casa y después fuimos a casa de Paco. Una vez allí, Esther nos hizo un breve resumen de las actividades de la caritativa asociación. Ella ingresó en la organización como voluntaria, sin más remuneración que comida y cama, creyendo así que ayudando al prójimo desinteresadamente hallaría la paz interior que nunca había encontrado, de acuerdo con el discurso que exhibía la organización, que proponía un retorno a una religiosidad más verdadera y al sacrificio como medio para encontrar un sentido a la vida. La organización tenía varios frentes de actuación en favor de los más desfavorecidos, y Esther había entrado a colaborar en una casa de acogida para mujeres extranjeras que acabaran de llegar, con el propósito de ayudarlas a encontrar trabajo e integrarlas en la comunidad. Poco a poco, Esther había descubierto que, además de sacarle el dinero muy piadosamente a los jubilados, si bien era verdad que encontraban trabajo para la mayoría de mujeres, sobre todo como empleadas del hogar en las casas de los mismos ancianos a los que desplumaban, se había enterado de al menos dos casos de chicas que al poco de estar en la casa, habían ido a parar a redes de prostitución, e indagando, descubrió que no había sido casualidad, sino que habían sido encaminadas allí por la organización. Además, no había logrado saber exactamente cuál era la relación, pero sabía que había un rumano que se dedicaba al tráfico de drogas con el que tenían algún tipo de vínculo. Cuando se dio cuenta de que estaba metida en la mismísima boca del diablo y quiso abandonar, le dieron una paliza y la amenazaron con matarla.
-Bueno, y ahora qué, ¿llamamos a la policía?- dije
-No, no, nada de policía – saltó Esther
-Pero mujer, habrá que denunciar lo que pasa allí, ¿no?
-Es que hay unos policías que están metidos, lo encubren todo a cambio de dinero y favores sexuales.
-No, no me digas que mi Santi está metido en una cosa así, que me muero...
-No me suena ningún Santi...
-A ver, hay que denunciar lo que está pasando ahí, no podemos quedarnos de brazos cruzados sabiendo lo que están haciendo...
-Pero es que no sabemos en quien podemos confiar, vamos a esperar un poco...
- Sí, pero no sé si os dais cuenta de que, además, yo tengo todos los números para que la policía se presente en mi casa de un momento a otro. Los he llamado desde mi móvil para avisar de los disparos y además mi coche ha recogido a unas personas que huían de allí, seguro que algún vecino les ha dado la matrícula, si no queréis que digamos nada aún, decidme entonces qué digo yo si me preguntan...
Después de discutir un rato nuestro plan, me volví a casa dejando tras de mí a Esther y a Paco haciéndose arrumacos.
Cuando entré en mi casa, estaba tan cansada que tuve la tentación de meterme en la cama hasta con la ropa puesta, pero conseguí quitármela y ponerme un pijama. Casi no dormí, y al día siguiente fui como una zombi a trabajar. Al acabar la mañana y coger el bolso, oí que el móvil me avisaba de que tenía un mensaje. Era el buzón de voz.
-Laura, te ruego que vengas urgentemente a la comisaría, necesito que me aclares un asunto.
Era Santiago

lunes, 8 de diciembre de 2008

A polis y ladrones - El mirón (XVI)


Parte I


Cerré la puerta detrás de Paco, que me insistía por última vez que me asegurara que el móvil tuviera batería. Me puse a hacer la cena mientras intentaba tranquilizarme a mí misma diciéndome que seguramente el secuestro-liberación de Esther no iba a ser aquella noche y me senté a ver las noticias.

El presentador del telediario abrió con un “van a ver ustedes escalofriantes imágenes de matanzas en el Congo”, en las que se veía como un grupo armado con machetes mataba y remataba a una persona de la que asistíamos a sus últimos minutos de vida, imágenes que repitieron hasta cinco veces, con la voz del presentador en off diciendo “estas imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador”.

A mí se me quitaron las ganas de seguir comiendo el lomillo con patatas y, sin venir a cuento, o sí, pensé que hacía tiempo que no veía en las noticias imágenes de niños de África con la barriga hinchada de hambruna y las moscas rondándole los mocos de la nariz. Eso a mí también me quita las ganas de seguir comiendo, pero no es espectáculo.

Después, me puse una película, comprobé catorce veces que el móvil se estaba cargando, luego cogí un libro para leer, y pasadas las doce me metí en la cama a moverme como una croqueta para un lado y para otro porque no podía pegar ojo. De repente, el móvil sonó. Pegué un brinco de la cama, casi me abro el dedo gordo del pie derecho chocando contra una silla y contesté.

-Lo hacemos esta noche. Ya sabes, cuando te haga la perdida, es que ya vamos a entrar.

- Vale.

Y Paco colgó.

Empecé a dar vueltas por el piso. ¿Y si algo salía mal? ¿Y si justo en esa calle no había cobertura, o si la red de móviles dejaba de funcionar justo aquella noche y no podían contactarme? ¿Y si yo me precipitaba y llamaba a la policía antes de hora?

Me dije que si me quedaba allí esperando a que me llamaran, me iba a volver loca pensando en todas las posibilidades de que algo fallara, así que, me vestí rápidamente, cogí el bolso y bajé en ascensor hasta el garaje a coger el coche, con la idea de ir al escenario donde iban a producirse los hechos y situarme a una distancia prudencial para ver lo que estaba pasando sin ser vista, y así poder llevar a cabo mi cometido de llamar a la policía si las cosas se ponían feas .

Pude aparcar a cierta distancia de la dirección que me había dado Paco y, nada más apagar el motor del coche, el móvil, que precavidamente había puesto en silencio, empezó a vibrar. Acto seguido, vi como a unos metros delante de mí Paco y otro hombre salían de un coche estacionado y seguidamente desaparecían por un callejón que bordeaba la casa en cuestión. Eran las tres de la madrugada de un miércoles, en una calle de casitas de una planta y edificios bajos, hacía un frío que pelaba y las únicas almas despiertas era las de dos que estábamos esperando en sendos coches. Yo me deslicé un poco hacia abajo en mi asiento para hacerme más pequeña...


La segunda parte de este capítulo, el lunes que viene...

domingo, 30 de noviembre de 2008

A polis y ladrones - El mirón (XV)

-Vengo a pedirte un favor... – me soltó Paco en guisa de saludo al abrirle la puerta de mi casa.
-¿Qué pasa...? Bueno, entra ... – le dije cerrando detrás de él - ¿Quieres algo...? ¿Un café, un té...?
- Prefiero no tomar nada excitante en este momento...
- ¿Un zumo...?
- Vale.
Desde luego, Paco estaba muy nervioso, como no lo había visto desde hacía mucho tiempo.
-Te voy a pedir un favor, pero si no quieres meterte en esto, me dices que no y ya está, ¿vale? Ya buscaré a otra persona, no quiero que te sientas obligada, pero es que necesito a alguien de confianza y he pensado en ti...
-Vale, dime...
- A ver cómo empiezo... ¿Te acuerdas hace unas semanas que estuvimos hablando de Esther, cuando la viste en aquel programa que iba de sectas y te conté lo que había pasado?
-Sí...
-Pues, hace unos días, una de mis alumnas de tai-chi, que conocía a Esther porque también le había dado clase de pilates, me dijo que la había visto entrando en una casa, me dio la dirección, y fui.
- ¿Ah sí? ¿A la secta...?
- Bueno, me quedé en la calle, fui a ver si la veía...
- ¿Y la viste?
- Sí... y ella también me vio, de lejos, iba con más gente... Me miró aterrorizada... Tengo que sacarla de allí...
-¿Qué?
- Que voy a ir sacarla de allí.
- Y si no quiere irse...
-Sí, quiere. Tenías que haberle visto la cara... Mira, yo aún la quiero. No supe ver lo que le pasaba cuando se metió en la secta, y cuando desapareció me lo tomé como que era contra mí y no hice nada cuando supe que estaba en una secta... Ahora he estado informándome bien, ya sabes que yo antes llevaba otra vida, y conozco a gente que se mueve en ciertos ambientes...
-Ya, ya...
-... me han dicho que de casa de acogida nada, y que es mucho más que una secta de flipaos que te lavan el cerebro para que trabajes para ellos y ganar dinero, es muchísimo peor...
- Peor como qué...
- ... como prostitución...
-¡¡Qué!!!
-Tengo que ir a buscarla...
- ¡Pero qué me estás diciendo, estás seguro de eso!
-Segurísimo...
- Joder, Paco, me has dejado de piedra... ¿Y qué vas a hacer? ¿Se lo vas a decir a la policía...?
-Yo primero voy a ir a sacarla a ella, no me fío de lo que haga la policía, me han dicho que hay personas importantes metidas en este tema...
-¿¡Pero qué dices....?¡
- Créeme...
- ¡Qué fuerte...!
- A ver, te cuento el plan. Voy a ir con dos colegas, en mitad de la noche, vamos a entrar en la casa donde vive con más gente y nos la vamos a llevar...
-Así, a saco...
- Sí, llevamos días vigilando el sitio, uno de los que me ayuda se hizo pasar por revisor del gas hace unos días y pudo entrever la distribución de la casa... Echaremos un gas para que no se despierten...
- Y no sería mejor ir a la policía...
- Ya te he dicho que primero la saco de allí, y luego ya veremos si vamos a la policía, pero cuando ella esté fuera...
-¿Y no la podéis coger un día por la calle? Joder, es que me parece súper peligroso que entréis en un piso donde hay gente que, si es verdad lo que dices, pueden ser realmente peligrosos...
- Ya lo habíamos pensado, pero por la calle de día pueden pasar mil cosas. Así podemos controlar mejor la situación, mi colega y yo sabemos defendernos y, de todas formas, como comprenderás, también vamos a ir armados...
- Joder, joder, joder, Paco, estoy flipando, esto es muy fuerte... Y yo, ¿qué hago?
-Nada, tú te quedas en tu casa y esperas a que te llamemos. Te haré una perdida cuando vayamos a entrar y cuando salgamos te llamaré en seguida, si algo va mal, el que se queda en el coche te llamará para que llames tú a la policía.
- ¿Y por qué no llama él...?
- Él no quiere ver a la policía ni en pintura, y además, necesito que alguien lo explique todo bien si me pasa algo...
- ¿Y si os acompaño...? Quiero decir, si me quedo esperando en el coche con tu colega...
-No, no, no, de eso nada, no quiero poner en peligro la vida de nadie más...
-¿Y si no recibo una segunda llamada? ¿Y no será mejor que esté allí? ¿Y si me pongo nerviosa y llamo antes de tiempo?
- Que te he dicho que no, tú te esperas a que te llamen.
- Pero...
- Que no, o se lo digo a otra persona...
- Vale, vale, me quedo en casa. ¿Y cuándo lo vais a hacer?
- Esta noche o mañana, hay uno que está vigilando...
- ¿Esta noche? Tío, esto se avisa antes, no estoy preparada...
- Preparada para qué, si tú no tienes que hacer nada, sólo esperar a que te llame...
-... bueno, quiero decir, preparada psicológicamente...
- Bueno, cuento contigo o no.
-Sí, sí, claro... Entonces, a ver, repasemos el plan. Tú me harás una perdida cuando vayáis a entrar, y luego tengo que recibir otra llamada, o para decirme que todo ha ido bien, o que tengo que llamar a la policía...
- Sí...
- ¿Y si no recibo la segunda llamada?
- Sí habrá una segunda llamada, no ves que el del coche no va a entrar, sólo espera...
- Y si algo va mal...
-Ay pues, mira, si pasa mucho tiempo y no te llamamos, pues llamas a la policía y ya está...
- ¿Y cuánto es mucho tiempo? ¿Y cuándo sabrás cuando lo vais a hacer...?
- Si todo va bien, será esta noche.
- ¿Me avisarás?
- Sí, te llamaré para decírtelo, la perdida vendrá después...
- ¿Y qué diría Confucio de esto..?
- ...una de las frases de Confucio es : Debes tener siempre fría la cabeza, caliente el corazón y larga la mano. Yo la he interpretado a mi manera... Y mira, sino, sabes qué te digo... en este momento Confucio me la suda...

domingo, 23 de noviembre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (XIV)

Otra de las preguntas que me daba vueltas en la cabeza era, adónde iba o de dónde venía Pere el día que me lo encontré por sorpresa saliendo yo del ascensor y subiendo él las escaleras, con gesto manifiestamente sobresaltado cuando se vio descubierto por mí.

Unos días después, mientras volvía a casa andando al salir del instituto, vi a un hombre vendiendo kleenex en un semáforo que inmediatamente reconocí como el que me había cruzado días antes en el portal de mi edificio, que me había dicho hola con un marcado acento del este y que yo había relacionado con los vecinos rumanos del piso de alquiler. No recordaba cómo iba vestido el primer día que lo vi, pero seguro que no llevaba el uniforme de indigente que vestía en aquel momento. La rudeza con la que me había saludado también se había transformado en afabilidad y una amplia sonrisa para los conductores de los coches. Vi una parada de autobús a unos metros, y me fui a hacer que esperaba mientras lo observaba. Mientras contemplaba como ofrecía a los conductores el mayor objeto del deseo en época de resfriados, se me acercó un chico joven trajeado blandiendo una carpeta y me pidió permiso para robarme unos minutos. Me temí lo peor aunque no tuve tiempo de decirle que no. Yo intentaba no perder de vista al vendedor de kleenex mientras el chico se esmeraba en convencerme con entusiasmo de las ventajas de una tarjeta de crédito que no tenía comisiones, ni necesitaba que domiciliase mi nómina, ni me iba a cobrar intereses, ni bla bla bla... Entonces vi como, desde otra esquina, un hombre hizo una señal con la cabeza, el vendedor de kleenex dejó su puesto de trabajo, se dirigió hacia él, subió a su coche sentándose en el asiento del copiloto y se marcharon. El coche no era precisamente una chatarra. Aprovechando que llegaba el dos, le dije al chico que lo sentía mucho pero que había visto en las noticias que aquel banco estaba en quiebra en Estados Unidos y subí corriendo al autobús.

Al doblar la esquina de mi calle, ya de nuevo a pie, me dio un vuelco el corazón al ver una ambulancia delante del portal. Apresuré el paso y al llegar me tranquilicé al comprobar que se llevaban a la abuela de los Riba que, al parecer, se había caído al intentar levantase sola de la silla de ruedas y se había hecho daño en la cadera. Al acercarme al ascensor, vi que la violinista estaba esperando también, y entonces me di cuenta de que, la persona de la que sólo me separaba un fino tabique, era de la que menos sabía, y aunque sí que la oía, casi nunca me la encontraba, ni tenía constancia de que se relacionase con los demás vecinos. Ya dentro del ascensor, intenté romper el hielo:

-Uf, qué susto me he dado cuando he visto la ambulancia. Tal y como están las cosas...

-Sí... -respondió ella levantando la vista del suelo mirándome con sus ojos saltones por encima de las gafas, casi sin abrir la boca y sin ninguna gana de entablar conversación conmigo. Yo pillé la indirecta y no insistí más. Me acordé de cómo mi admirado teniente Colombo asediaba a los sospechosos más sagaces con su aire despistado y sus preguntas impertinentes, pero me dije que ese no era mi estilo.

Cuando entré en mi casa, aún no me había dado tiempo ni de quitarme los zapatos cuando llamaron a la puerta. Abrí, y me encontré a Paco.

-Vengo a pedirte un favor...- me dijo

domingo, 16 de noviembre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (XIII)

Cuando abrimos la puerta del otrora misterioso piso maldito, que acababa de perder su aura esotérica al descubrir que más que morada de almas en pena era vulgar almacén de portátiles robados y refugio de las infidelidades del eterno prometido de Patricia, y nos encontramos a cuatro policías apuntándonos con sus armas y dispuestos a dispararlas, deseé que la tierra me tragase y me escupiera en las antípodas del planeta, en alguna selva inhabitada donde nadie me pudiera encontrar jamás. Como esto no ocurrió, me vi en la obligación de tener que dar explicaciones sobre nuestra presencia allí. Yéndome por los cerros de Úbeda y más allá, acabé explicándole a Santiago como habíamos acabado entrando en aquel piso con la radiografía de mis dientes y como, resultantemente, habíamos hecho el grandioso hallazgo, que iba a resultar clave para la resolución del caso, de la prenda íntima que me había sido sustraída semanas antes, cuando alguien allanó mi hogar mientras yo me hallaba infiltrada en el piso del difunto mirón, donde intentaba recabar pruebas ataviada de lolita, aprovechando la celebración de una fiesta de jovenzuelos universitarios.

Nos llevamos una muy leve reprimenda por parte de Santiago, que nos recordó que el dinero de los contribuyentes no está para ir haciéndose cargo de los delirios de fans de CSI. En ese momento me acordé de casos mucho más graves que el nuestro de utilización indebida, malversación, fraude, estafa u otros términos para referirse al simple robo de dinero público por parte de quienes detienen la administración de los poderes públicos, pero no me pareció adecuado entrar a polemizar en aquellas circunstancias.

Después de pasar por mi casa para recoger sus abrigos y bolsos, mis amigas y coparticipantes en la infracción se fueron a sus respectivos hogares, lejos de achicarse, dispuestas a repetir la empresa cuando encartase.

Al día siguiente, domingo, me desperté con el recuerdo de una pesadilla en la que el presidente de mi comunidad se paseaba escaleras arriba y abajo cubierto únicamente con mi tanga. Tenía un montón de ideas en la cabeza y me fui a dar un paseo para pensar mientras me daba el aire. Al salir, me crucé en el portal con un hombre que no había visto nunca. Le saludé y él me respondió secamente con acento del este. Me dio mala espina e incuso me volví para verlo como se dirigía hacia el ascensor. ¿Adónde iría? Y seguidamente me sentí culpable y xenófoba por sospechar de alguien sólo por su acento y emprendí mi paseo para poner en orden mis ideas.

Los hechos constatados hasta el momento eran: que el estudiante de Cardona, alias el mirón, disponía de un periscopio con el que no sólo espiaba a sus vecinos, sino que también grababa y colgaba nuestras intimidades y vergüenzas en internet para mayor regocijo del mundo internauta. Asimismo, Pere, el informático, almacenaba portátiles robados a la empresa para la que trabajaba, en un piso del que desde hacía años se desconocía el propietario y que el vecindario consideraba únicamente habitado por fantasmas. Del hecho que en internet no hubiera colgado ningún video de las actividades llevadas a cabo en el piso maldito, se podía inferir que, probablemente, el mirón lo había descubierto y quizá hubiera chantajeado a Pere y que finalmente éste se hubiera cansado del chantaje y lo hubiese asesinado. Pero entonces, ¿quién había matado a Pere? ¿Tenía un cómplice que decidió matarlo también a él para encubrirse cuando la policía descubrió que Pere era el propietario del piso maldito? ¿Podía ser el cómplice otro de los vecinos?

domingo, 9 de noviembre de 2008

¿Qué será, será...?


Como va a ser que esta semana tampoco voy a poder poner el nuevo capítulo, a ver si la que viene ya sí, os pongo una fotillo a ver qué os sugiere.
(Sí, ya sé que no me he matao mucho con esta entrada, qué queréis que os diga...)

domingo, 2 de noviembre de 2008

Otros polis y otros ladrones...

Esta semana no voy a poder publicar el nuevo capítulo de nuestra historia, pero en su defecto, he pensado recomendaros la lectura que me tiene más que enganchada, fascinada, desde hace semanas.
Seguramente ya habréis oído hablar del primer volumen de la trilogía Millenium, Los hombres que no amaban a las mujeres, la novela de intriga del sueco Stieg Larsson que está de moda.
No quiero contaros nada de la historia, porque creo que precisamente uno de los placeres de leerlo son sus sorpresas.
Me leí las 700 páginas del primer volumen en un santiamén, y, al día siguiente, cuando fui corriendo a comprar el segundo volumen y me dijeron que la traducción al castellano no salía hasta finales de noviembre, me dije que no podía esperar y me compré la versión en francés (La fille qui rêvait d'un bidon d'essence et d'une allumette) y ahora estoy a mitad de la tercera parte, también en francés (La reine dans le palais des courants d'air). No puedo dejar de leerlo y al mismo tiempo no quiero que se acabe nunca, con el amargo sentimiento de que, cuando se acabe ya no podrá haber más, porque el autor se murió de un ataque al corazón después de entregar a la editorial la trilogía.

martes, 28 de octubre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (XII)

Parte II

Intentamos hacer el mínimo ruido posible, pero, como estábamos bastante achispadas, nos costaba contener la risa y el volumen de la voz mientras subíamos las escaleras hasta el décimo piso.

Hallándonos ante la puerta que se me había resistido el día anterior, intentamos por turnos su apertura con la radiografía de mis dientes.

-Uf, yo seguro que no puedo...- dijo Neus, la última que quedaba por probarlo tras los intentos infructuosos de las demás, y que, haciendo gala de una habilidad de la que ella misma quedó pasmada, abrió la puerta a la primera.

Cuando la puerta se abrió, nos quedamos mirándonos sin saber qué hacer.

- Bueno, entramos, ¿no?- dijo por fin Isa.

Entramos y, sin ningún miramiento, encendimos las luces. El mobiliario del piso podría datar perfectamente de la época en la que se cometieron allí los crímenes treinta años antes. Lo primero que vimos fue el salón, probablemente la policía se había llevado los ordenadores que se almacenaban allí, pero quedaban cajas, cables y material informático diverso por el suelo, sobre el sofá, las sillas y la mesa. Seguidamente, pasamos a examinar el resto de habitaciones.

-¡Ei, venid! – dijo Noemí que había entrado en la habitación de matrimonio – Aquí venía a algo más que a guardar ordenadores...

Había una cama con el cabezal de hierro forjado presidida de un cuadro del sagrado corazón de Jesús. La cama estaba deshecha y entre las sábanas había un tanga... ¡mi tanga!

Entonces, sonó el timbre de la puerta. Nos miramos despavoridas y seguidamente oímos.

-¡Policía, abran la puerta!

Era la voz de Santiago.

Al parecer algún vecino, debido a los últimos acontecimientos acaecidos en la comunidad que nos tenían a todos en alerta, había llamado a la policía avisando de que estaba oyendo risas, voces y movimiento en un piso en el que se suponía que no vivía nadie.

Cuando abrí la puerta, las cinco pusimos cara de tierra trágame, ante la fija mirada de los policías.

Erigiéndome en portavoz, intenté explicarle a Santiago el objeto de nuestra presencia en el piso y traté de atenuar nuestra infracción de la ley informándole que habíamos encontrado encima de la cama el tanga que me habían robado.

Entonces, oí que un policía le decía a otro:

- Lo que nos faltaba, la Mata Hari tiene amigas...

domingo, 26 de octubre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (XII)

Parte I

Cuando volví a casa después de que Patricia me contara que la policía le había informado de que Pere era el propietario del piso maldito y que se sacaba un sobresueldo revendiendo portátiles robados de su empresa, mi cabeza se encontraba en plena ebullición de ideas. Vi la radiografía de mi dentadura sobre la mesa del comedor y en seguida se me ocurrió una idea muy mala... Me fui a buscar un boniato que había asado aquella tarde y me senté en el sofá a reflexionar sobre el rumbo que estaban tomando los acontecimientos mientras me lo comía.

Además de la excitación por las nuevas informaciones, estaba un tanto irritada con Santiago. El día que fui a la comisaría a informarle sobre el paradero de Esther, él ya sabía lo de Pere y no me había dicho ni pío. Yo había creído ingenuamente que Santiago y yo formábamos algo así como un “equipo” de investigación, pero acababa de darme de bruces contra la realidad y tenía que admitir que para él yo sólo era una simple chivatilla y que no contaba conmigo en serio como investigadora. Descubrirlo hirió bastante mis sentimientos y también acentuó mi amor propio. Me dije que aquella había sido la última vez que informaba a Santiago y a la policía de mis hallazgos, y que, cuando hubiera resuelto el caso, ya se lo comunicaría.

Habiéndome acabado el boniato, fui a poner la oreja en la puerta a ver si oía ruido. Eran las 11 de la noche, cogí la radiografía, abrí y cerré la puerta de mi casa con sumo sigilo y subí hasta el décimo discretamente por las escaleras. Cuando llegué, introduje la radiografía por la ranura y me puse dale que te pego a intentar abrirla. Estaba a cien, el corazón se me iba a salir del pecho y me temblaba el pulso, la verdad es que era la primera vez que acometía un acto delictivo tan deliberadamente. El sonido del ascensor en funcionamiento me sobresaltó, me asusté y decidí volver a casa y dejarlo para otro día.

Al día siguiente había quedado con unas amigas para cenar en mi casa. Fue una velada llena de excelentes noticias que regamos con abundante lambrusco. Noemí se acababa de trasladar a su nuevo flamante piso, Isa había acabado su tesis y le habían ofrecido un puesto en el laboratorio, a Neus la habían llamado para una sustitución de todo el curso en un instituto y Mercedes había recibido la oferta de una editorial para publicar su libro. Brindamos por nosotras, por seguir en racha, por ser tan estupendas... Por mi parte, las puse al corriente de las últimas novedades del caso del mirón, que ellas llevaban siguiendo con sumo interés desde el principio. Bajo la lucidez propia que otorga el vino, me animaron a que siguiera investigando e incluso me ofrecieron su ayuda. Sobre lo que sí me aconsejaron que debía tener cuidado era con Santiago. Porque, jugarse la vida investigando un caso en el que ya han asesinado a dos personas, vale. Lo que no vale es jugarse el corazón enamorándose de un hombre casado. Yo les contesté que no se preocuparan, que me había decepcionado que no confiara en mí, y que ya pasaba de él. Ja, eso no me lo creía ni yo.

Entonces, les conté como, para recabar nuevos datos, había intentado entrar en el piso maldito haciendo uso de la radiografía de mis dientes, y que, si bien a priori debía ser un juego de niños, a posteriori no me había parecido tan fácil.

-Nenas... ya que estamos aquí... ¿Y si intentamos entre todas abrir la maldita puerta? – propuso Mercedes, seguido de un sí, sí general lleno de regocijo...

La segunda parte de este capítulo, en el que las cinco amigas intentan abrir la puerta del piso maldito con la radiografía de los dientes de Laura, el miércoles...

domingo, 19 de octubre de 2008

A polis y ladrones - El mirón (XI)


El fin de semana de la muerte de Pere fue triste y doliente, así que, se me ocurrió que el lunes sería un buen día para cumplir mi deber cívico de poner en conocimiento de las fuerzas del orden lo que Paco me había explicado sobre la desaparición de Esther y, ya de paso, alegrarme la vista y el corazón visitando a Santiago en la comisaría.

Y así fue. Salí de la comisaría más contenta que unas pascuas. Tuve que esperar bastante rato para hablar con él, no sé si porque no estaba. Al principio me ofrecieron hablar con otro agente, bastante guapo, por cierto, pero yo, que soy siempre mujer de un solo hombre, dije que sólo podía hablar con Santiago, que él ya estaba al corriente del tema. Mientras esperaba, me saqué una bolsa de patatas de una máquina expendedora, y me puse a analizar al personal que salía y entraba, algunos de ellos esposados, y me dije que en mi instituto había elementos con peores pintas que aquellos y no teníamos esposas para ellos. En cierto momento, intercepté unas miradas guasonas de dos policías que hablaban entre sí y oí “la Mata Hari”. ¿Se referían mí? ¿Era conocida en la comisaría como la Mata Hari? Puestos a que te pongan un mote para reírse de ti, mejor que sea glamuroso, así que, incluso me gustó, y en ese momento me imaginé bailándole la danza de los siete velos a mi poli preferido. Mi fantasía se desvaneció justo cuando Santiago se personó ante mis ojos. Le conté todo lo que Paco me había explicado de Esther y le pregunté si ya sabían algo sobre Pere, a lo que me respondió que estaban investigando. Días más tarde me enteraría que me había mentido como un bellaco.

Al día siguiente era el entierro de Pere y me pasé por el tanatorio a asistir a la misa y dar el pésame a la familia. Aún no había visto a Patricia y, cuando me acerqué a ella, nos abrazamos y entre sollozos, me dijo que la fuera a ver un día a casa, que tenía algo que contarme.

Aquella semana, el bar de la Paqui era un hervidero de teorías lanzadas entre carajillos y donuts de chocolate, pero lo que me contó Patricia cuando un par de días después me decidí a ir a verla, las superaba a todas con creces.

La policía, investigando sobre el piso maldito, había descubierto que el propietario actual era ni más ni menos nuestro vecino Pere, que lo había comprado cinco años atrás, pequeño detalle que había ocultado a su familia y a Patricia. La misma tarde del homicidio la policía lo había interrogado a este respecto, y él les había confesado que se lo había comprado porque se sentía muy presionado por su familia para irse a vivir con Patricia pero él no lo tenía claro. Así que, cuando el fatídico hecho acaeció, la policía entró en el piso al cabo de unos días, y lo que encontró no fueron precisamente fantasmas, sino un almacén de portátiles HG, la empresa para la que él trabajaba y de la que al parecer sustraía los susodichos con fines lucrativos.

-¡Si me llego a enterar de esto, lo mato yo antes!- me chilló Patricia

Mientras bajaba en el ascensor, por primera vez empecé a vislumbrar la posible trama de aquel caso.

Cuando entré en mi casa, se me fueron los ojos hacia la bonita radiografía de mi mandíbula que yacía sobre la mesa del comedor y que tenía que llevar al dentista para sacarme las muelas del juicio. Y entonces recordé la frase que me dijo aquel agente cuando allanaron mi hogar: “Esta puerta la abre un niño con una radiografía” ¿Y si yo entraba en el piso maldito...?

domingo, 12 de octubre de 2008

Esta semana no va a poder haber continuación de la historia, no he tenido tiempo, así que, os propongo que votéis quién creéis que es el asesino...

martes, 7 de octubre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (X)

Parte II

Bajo los efectos del tempranillo, el espectáculo televisivo me empezó a parecer más divertido.

Me tragué entero un concurso donde, personas que precisamente tienen mucho que esconder, van a que pongan al descubierto lo más inconfesable y vergonzoso de sus vidas:

-¿Le has puesto los cuernos a tu marido con dos de sus amigos en vuestra casa?- preguntaba la presentadora bajo la mirada de tierra-trágame-toda-España-me-está-viendo-los-cuernos-de-alce del marido y de la suegra de la concursante entre el público.

Previamente, ya le habían preguntado si le había puesto cacas de oveja a alguien de su familia en la comida como si fueran aceitunas, y si había deseado que se muriera su suegra cuando estuvo enferma.

A las tres preguntas la respuesta fue sí. Eso sí, se llevó todo el bote...

A esa misma hora, en otras cadenas había un programa en el que se trataban los temas de actualidad de aquella semana, una película coreana de las que yo pago para ir a ver al cine, un programa de humor sobre los políticos, un reportaje sobre la civilización maya y otro de viajes sobre Jordania, país que pensaba visitar próximamente, pero yo me encontraba en pleno momento autodestructivo y de envilecimiento del que me resistía a salir y prefería ver las confesiones de una que pone cacas de oveja a su familia como aperitivo.

Pasada la medianoche, estuve viendo la teletienda, y hasta estuve a punto de comprar un magnífico juego de veinticinco cuchillos de cocina con los que hacer virguerías, por ejemplo, con las zanahorias y la cebolla, junto con el que te regalaban la indispensable enciclopedia de la cocina española en 17 tomos, una estupenda tabla de cortar de madera y un maravilloso delantal repele-manchas.

Cambié de cadena cuando empezaron a hablar de la vaporeta, y fui a caer en un programa de investigación, justo en el momento en el que se veía a los integrantes de una secta pedir dinero a los conductores de los coches que se paraban en un semáforo, supuestamente para una casa de acogida de mujeres maltratadas, cuando en realidad se trataba de una secta peligrosísima que no velaba precisamente por el respeto a las mujeres. Y entonces la vi. Estaba muy desmejorada, pero era ella, seguro. Aunque eran las dos de la madrugada, salí de casa flechada y bajé a casa de Paco. Él tampoco estaba durmiendo porque me abrió en seguida.

-Paco, ya sé dónde está Esther...
-Sí, yo también...- me respondió con los ojos vidriosos.

Me dijo que entrara y me lo explicó todo. Era verdad que ella se fue un día de casa y del trabajo sin decir nada, pero él sí sabía adónde había ido a parar. De sus años en los bajos fondos conocía a gente que lo había investigado. Él se torturaba pensando que no había sido capaz de ver lo que le estaba pasando, lo que ella gritaba en silencio. Esther llevaba meses alejándose de él y él pensó que sólo era una mala racha. Ella siempre había sido muy insegura, tenía una relación muy complicada con sus padres y buscaba en la vida respuestas que no encontraba, eso era lo que la había unido a Paco, pero él sí que había acabado por encontrar su camino en la vida. Y como él, además de trabajar en el gimnasio, era voluntario en una residencia de ancianos y se veían poco, ella empezó a buscar apoyo en otro sitio. Él creía que sabía cuando había empezado todo. Una vez ella le dijo que iba a ir a una conferencia con el título “La felicidad en Aristóteles” que ofrecía una asociación cultural, aunque después no le había contado nada, y él tampoco se acordó de preguntarle. Eso fue unos cuatro meses antes de desaparecer y ahí ella empezó a alejarse cada vez más de él.

Volví a mi casa pasadas las cuatro, me metí en la cama abatida y, hecha un ovillo, desee que el día siguiente me deparara algo bueno.

domingo, 5 de octubre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (X)


Parte I

Eran las 10 de la mañana de un soleado sábado de otoño, sin pájaros de mal agüero en el firmamento ni gato negro en ningún balcón que presagiaran ninguna desgracia, cuando el timbre de la puerta de abajo me interrumpió un trago de café mientras miraba por la ventana de mi cocina.


-¡Laura, baja corriendo!- me espetó la Paqui
-¿Qué pasa?
-Tú baja ya...
-Vaaale... Me visto y bajo...

Al salir a la calle y ver el revuelo de gente, los coches de policía y la ambulancia, supe que algo malo había pasado. La Paqui se acercó al verme, tenía la cara desencajada.

-Esto es muy fuerte... Han encontrado a Pere, el novio de Patricia, muerto en el garaje, dentro de su coche. También lo han degollado...

En ese mismo instante, oímos el murmullo de la gente y vimos como sacaban del garaje una camilla con un cuerpo tapado.

Cuando mataron al chico de Cardona, me impresionó pero no me afectó, pero a Pere sí que lo conocía, aunque sólo fuera de encontrármelo en el ascensor y de las reuniones de vecinos, y, por lo poco que lo había tratado, era un chico amable y simpático. Y, sobre todo, sí que había tenido bastante trato con Patricia, con quien había quedado alguna vez para tomar café y me había explicado sus dudas sobre su relación.

-Se ve que lo han encontrado los Riba, que han bajado a coger el coche, y el niño, que tu sabes que no se está quieto, se ha acercado al coche al ver a Pere inmóvil, y, no veas, el chiquillo está traumatizado por lo que ha visto...

Aquella mañana, hice las compras pertinentes de víveres, meditabunda y mustia, y ya no salí de casa en todo el día. Intenté ponerme a leer y a navegar por Internet para pensar en otra cosa, pero no lo conseguía. No podía dejar de pensar en el asesinato y no sabía hasta qué punto quizá en este segundo homicidio yo podría tener algo que ver. Para mí estaba bastante claro que, el día que encontré el periscopio-anaconda en el contenedor de basura, el asesino del mirón me vio cogerlo y luego entró un día en mi casa para recuperarlo. Y yo no hacía más que darle vueltas a que, si no lo hubiera encontrado, quizá la historia se habría quedado ahí y Pere estaría vivo, aunque no sabía qué lugar ocupaba él en todo ello. Claro, que también podría ser que este asesinato no hubiera sido perpetrado por la misma persona, sino que alguien hubiera aprovechado el mismo modus operandi para endosarle este segundo homicidio al asesino del primero... Uf... qué follón... En cualquier caso, en aquel momento, Pere era una pieza suelta que no sabía dónde encajar... Lo único raro que había visto de él los últimos días fue cuando me lo encontré por sorpresa, suya y mía, subiendo las escaleras... Y, si no subía las escaleras para hacer deporte, como yo sospechaba, ¿por qué lo hacía? ¿Adónde iba? O... ¿de dónde venía? ¿Había descubierto él algo y por eso lo habían matado?

Me pasé toda la tarde y la noche mirando catatónica la tele para olvidar...

Primero vi un programa en el que quince chicas intentaban enamorar a un chico utilizando sus encantos y sus armas de mujer, y que dudo que pase a los anales de la historia de la lucha de las mujeres por romper los prejuicios sobre ellas.

Luego, estuve zapeando insatisfecha entre diferentes programas del corazón y de sucesos a cual más escalofriante.

Después vino el telediario. El informativo abrió con el expediente de regulación de una gran marca de coches y el cierre de una importante empresa de helados. Seguidamente, que en un pueblo de Navarra los concejales de los diferentes partidos se hacen la guerra fría en los plenos del ayuntamiento con banderas, unos ponen la ikurriña, otros la de Iron Maiden y unos terceros la del Osasuna. Otro grupo parlamentario ha manifestado su intención de unirse a la contienda y colocar la bandera de Guatemala, y que, si la cosa empeora, pondrán la de Guatepeor.

No sé muy bien si por hambre real o por hastío, sentí la necesidad de hacerme algo de comer pero, como no tenía ánimo para ponerme a cocinar, saqué una pizza que tenía en el congelador. Pensé que sería buena idea acompañarla de vino, que además me ayudaría a dormir la mona. Miré entre los caldos que tenía y vi un Ribera que había comprado en un viaje para un amigo especial, que a mí regreso me sorprendió con que me había sustituido por otra que debía ser aún más especial que yo. Me pregunté si pasaba algo si me comía una pizza cuatro estaciones congelada con un vino de más de 40 euros, si iba a personarse la policía enológica en mi hogar por cometer semejante crimen o si me iban a vetar la entrada en las tiendas de vinos, pero tardé dos segundos en contestarme a mí misma que no, que tenía vía libre.

La segunda parte de este capítulo, que me ha salido muy largo, y donde Laura hace un gran hallagzo, el miércoles ...

domingo, 28 de septiembre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (IX)

Así que, una tarde después de las clases, decidí pasarme por la comisaría a poner en conocimiento de las autoridades competentes ciertos aspectos de mi comunidad de vecinos sobre los que creía que era importante que estuvieran al corriente.

Mientras esperaba, pensé que no tenía claro si prefería que me atendiera Santiago o no, teniendo en cuenta los evidentes sentimientos que despertaba en mí y lo inadecuados que resultaban dado su estado civil. Pero no tuve elección, me vino a buscar él.

En primer lugar, le manifesté mis dudas sobre el llamado “piso maldito” de nuestra comunidad. Le expliqué lo que la Paqui me había contado acaecido en los 70 y que había conmocionado a todo el barrio. En aquel piso vivía un matrimonio que fue brutalmente asesinado una noche mientras dormían, y tras el monstruoso homicidio de los dos apreciados convecinos, que aparentemente llevaban una vida rutinaria y apática, o sea, normal, nunca se supo quién cometió el crimen. Al poco tiempo, el único hijo del matrimonio, que ya no vivía con ellos, se deshizo del piso y lo vendió a alguien que siempre se había mantenido en el anonimato y que lo había tenido desde entonces cerrado a cal y canto. Y a mí, había algo que no me encajaba. Porque yo creer, me puedo creer que un piso tenga fantasmas, y que las almas en pena de los terriblemente asesinados allí, vaguen desconsoladas por el piso sin poder descansar y se dediquen a subir y bajar las persianas eternamente para llamar la atención de los vecinos, que vislumbran sus espectrales sombras tras las ventanas. Eso me lo puedo creer. Ahora, lo que no me puedo creer es que, en pleno desenfreno especulativo inmobiliario, el propietario de ese piso no le haya sacado el máximo provecho, cuando en ese barrio se habían vendido como rosquillos cuchitriles a precio de mansión de lujo.

El segundo tema que me tenía en vilo era la desaparición de Esther, la excompañera sentimental de Paco. Le expliqué que se había esfumado sin dejar rastro, ni siquiera se había despedido del trabajo, precisamente unas semanas antes del asesinato del mirón. El pequeño detalle que eludí contar a Santiago era que Paco había estado a punto de estrangularme en nuestra clase de defensa personal, pero pensé que iba a inculparlo demasiado, y había algo en mi interior que me decía que, aunque a lo mejor tenía algún problemilla psicológico, Paco no era un asesino, pero me quedaba un pequeño resquicio de duda y creía importante investigar qué había pasado con Esther.

Estuve allí casi dos horas, él me preguntó también por los demás vecinos y yo le conté lo que sabía y me pareció relevante. Y también hablamos de cosas que iban surgiendo en la conversación y que no tenían nada que ver con el caso...

Cuando salí de la comisaría, sentí el impulso de volver a entrar y quedarme allí con Santiago toda la vida, pero me puse en dirección a la frutería de mi barrio.

Cuando llegué, vi que también estaba Nuria, la de los Serrano, que hablaba airada con la cajera que le pesaba la fruta sobre los trámites de adopción de la niña china.

-Mira, estoy harta de que nos pongan tantas pegas. Pues no nos dijeron el otro día que si ya teníamos cinco, para qué queríamos tener más. Y a ellos qué les importa, si económicamente podemos. Mira, me entraron ganas de coger el boli y clavárselo a la tía en la frente...

Ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba al lado pagándole a la otra dependienta, intenté que mi presencia pasara desapercibida y salí sin que me viera. Me pregunté si Nuria sería capaz de matar realmente a alguien, porque decir, muchas veces decimos barbaridades que luego no haríamos.... ¿o sí...?

En ese momento, vi que el presidente de nuestra comunidad se acercaba caminando hacia mí, mientras hablaba concentrado por teléfono sin fijarse en mi persona:

-No, no te preocupes, nadie se va a enterar, está todo atado y bien atado...

Me empecé a poner nerviosa... Intenté tranquilizarme pensando que, trabajando en Hacienda, y teniendo los entretenimientos sexuales que tenía, esa frase podía referirse a cualquier otra cosa... Pero, lo que me aterrorizó realmente fue, al abrir la puerta del portal, ver que estaban esperando el ascensor Doña Urraca y el señor Mateu. No tenía escapatoria, tenía que subir con ellos. Ella me miró de arriba abajo y, con su habitual acritud, en seguida me sacó uno de los dos temas recurrentes que todo el mundo te suelta cuando eres profesora, que hay que ver cómo está la juventud de hoy en día, que que maleducados que son, que adónde vamos a ir a parar, virgen santa... El otro tema recurrente, el del chollo de las vacaciones, no salió. Ella habló todo el rato sin parar, yo no hacía más que asentir, el señor Mateu tampoco dijo ni pío, se limitaba sonreír. Me parecían tan siniestros los dos... Afortunadamente, ellos bajaron en el tercero. Al llegar a mi planta y abrirse las puertas, me encontré a Pere y ambos nos asustamos al vernos. Me soltó nervioso que había decidido subir andando (¡al octavo!) para hacer ejercicio. Eso no me lo creo yo ni harta de vino, Pere es de los coge el coche hasta para ir a comprar el pan a la vuelta de la esquina.

Cuando entré en mi piso, cerré la puerta echando el cerrojo sintiendo el corazón que se me iba a salir del pecho. Cualquier mínimo detalle me hacía sospechar de todos y cada uno de mis vecinos. Me iba a volver loca. Me quité los zapatos y me fui a tumbarme al sofá. Me apreté un cojín contra cara y grité con todas mis fuerzas.

domingo, 21 de septiembre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (VIII)

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pues la mujer, también.

Al día siguiente, volví a mi piso con la intención de llevarme lo necesario para irme a pasar una temporadita a casa de mis padres, siguiendo la juiciosa recomendación del agente Santiago. Ordené el piso y cogí la ropa que necesitaba. Al cerrar la puerta del armario, sentí que había visto algo que no me cuadraba, aunque no sabía qué era. Así que, lo volví a abrir y lo examiné bien, pero no veía qué era lo que me había llamado la atención. Conque lo dejé estar y me puse a meter la ropa en la maleta. Entonces me di cuenta. Fui de nuevo el armario y, repasando el cajón de la ropa interior, comprobé que quien entró en mi casa SI se había llevado algo. Unas braguitas. Eran de esas que guardaba para una ocasión especial, y que, cada vez que abría el cajón, estaban ahí para recordarme, por si algún día se me olvidaba, el tiempo que llevaba sin comerme un rosco. Y eso sí que no estaba dispuesta a pasarlo. En mi casa no entra ningún asesino de tres al cuarto, que casi necesita un cursillo para degollar al de Cardona, y se lleva una de mis braguitas que llevo tanto tiempo guardando con todo el cariño esperando que lleguen días mejores a mi cama.

Bajé al bar a comunicarle a la Paqui mi descubrimiento y mi consiguiente decisión.

-¿Y estaban limpias? – me preguntó
-Pues claro, si estaban en el armario.
-Será un fetichista...
-Pues igual sí... Pero te digo una cosa. Yo ahora sí que no me voy de mi casa, y no sólo eso, sino que pienso descubrir quién ha sido.
-Cuidadín, cuidadín... a ver si por culpa de las dichosas bragas te va a pasar algo...
-He pensado apuntarme a clases de defensa personal, algo me dijo Paco ayer...
-Oye, por cierto, ¿te acuerdas de uno de los policías que vino ayer? El que te habló cuando vinieron a buscarte no, el otro.
-Sí...
-¿Sabes con quién está casado?
-Vaya, qué raro... – murmurando irónicamente
-¿Qué raro el qué?
-No, nada, no me hagas caso... ¿Con quién está casado?

-Con una de tu edad, la hija de los de los pollos asados de la calle Mauritania....
-¡¿Mireia?!
-Sí...
-No...

Al día siguiente, acudí al centro en el que trabajaba Paco como profesor de taichí, donde yo misma asistía a sus clases y anteriormente ya había realizado cursillos varios, como salsaterapia, danza del vientre o pilates, y le pregunté sobre lo que me había hablado de defensa personal el día del allanamiento de mi morada. Me contestó que él mismo podría enseñarme, y a mis dudas sobre si alguien de mi estatura y complexión podría defenderse del ataque de un tiarrón, me respondió con un simulacro de agresión de él a Sara, la nueva profesora de pilates, angelical, delgada y no mucho más alta que yo, y comprobé que no sólo podía zafarse de su agresor, sino incluso llegar a darle una buena tunda.

De todas formas, me resultaba difícil imaginarme a mí misma volteando a un tío tres veces más grande que yo, pero me dije que de algo me serviría.

Durante aquella semana hicimos un entrenamiento intensivo. Uno de esos días, mientras estaba practicando con Paco como deshacerme de alguien que me está intentando estrangular con su brazo por detrás, se me vino a la cabeza la repentina desaparición de Esther, su novia, hacía unos meses, y no se me ocurrió otra cosa que preguntárselo en aquel preciso momento:

-Oye, Paco, ¿y no has sabido nada más de Esther? ¿Es raro que nadie sepa nada de ella, no?

Como estábamos practicando delante del espejo, pude ver su cara, y como al apacible Paco le cambió el semblante y se le nubló la vista, y, sin contestarme, serio e inmóvil, como ido, me apretó aún más el cuello, y yo, que me estaba quedando sin respiración, pronuncié un par de veces su nombre casi sin voz, sin poderlo sacar de su trance. Justo en ese momento, entró providencial la profesora de salsaterapia para avisar que ya se nos había pasado la hora. Entonces, Paco volvió en sí y yo pude respirar.

-No, no tengo ni idea de donde está- me respondió - Como dice Confucio, no pretendas apagar con fuego un incendio, ni remediar con agua una inundación.

Mientras me cambiaba en el vestuario, me pregunté si la desaparición de Esther y el asesinato del mirón no podrían estar relacionados. No me podía creer que mi estimadísimo Paco fuera un asesino, pero sabía que, antes de encontrar su camino junto a Confucio, había tenido un pasado bastante violento. Y bueno, conmigo se le fue la pinza por un momento y había estado a punto de estrangularme...

Durante toda aquella semana no había visto al agente Santiago. Bueno, a decir verdad, no lo había visto con los ojos abiertos, pero sí había soñado con él una noche. Pensé que quizá podría pasarme por la comisaria para comentar la desaparición de Esther y también abordar otro tema que me rondaba la cabeza, el “piso maldito” de nuestra finca...

domingo, 14 de septiembre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (VII)

Pocos días antes, había leído en un libro del Punset que, en contra de lo que te dice el raciocinio y la sabiduría popular, más que con el roce y el cariño, a tu media naranja la encuentras por flechazo, porque tus sentidos y tu intuición captan inmediatamente con quien eres compatible. En cuanto uno se pone a pensar, lo estropea todo.

Pero yo, haciendo caso omiso de mi corazón, ordené desde mi cerebro que se fueran a freír espárragos las dichosas mariposillas que revoloteaban en mi estómago, cuando, desde el bar de la Paqui en el que estaba esperando, vi salir del coche patrulla al agente Santiago, por mentirosas, inducirme a infundadas esperanzas y una vez más arrastrarme más que previsiblemente a la debacle sentimental total.

Salí a su encuentro y ellos al reconocerme se acercaron a mí, pero quien me habló fue el otro policía.

- ¿Nos ha llamado usted...?- me preguntó
- Sí, es que alguien ha entrado en mi casa.
- ¿Ha visto quien era?
- No... bueno, sí... una sombra... es que lo he visto desde otra casa...
- ¿Desde qué casa...?
- Eh...desde la casa del chico al que mataron...
- ¿Qué...?
- Bueno... es que... había una fiesta... y me invitaron...– ambos me miraron de arriba abajo - Bueno vale, voy a decir la verdad... Vi que había una fiesta y me colé porque quería comprobar qué se veía exactamente desde la habitación desde donde nos grababa.
-Puf... - bufó mirando a Santiago- otra con el síndrome CSI.- Anda, vamos a subir al piso- me dijo en tono condescendiente.

Cuando entramos, era evidente que alguien había estado rebuscando en armarios y cajones.

- ¿Cerró con llave al salir?- me preguntó el mismo
- No, salí con prisas y sólo le di un tirón.
- No parece que hayan forzado la cerradura, pero esto lo abre un niño con una radiografía. Mire a ver si encuentra a faltar algo.

El agente Santiago, que no me había dirigido la palabra en todo el rato, y al que yo tampoco había mirado a la cara aún, le dijo a su compañero que iba a preguntar a los vecinos del rellano si habían visto u oído algo. Después de echar un vistazo general, me pareció que no se habían llevado nada y el policía me recomendó que sería mejor que me fuera a pasar aquella noche a otro sitio, y yo le respondí que me iría a casa de mis padres.

Al salir, vi a Santiago interrogando a la violinista, que le contestaba con la puerta entreabierta que no, que ella no había oído nada de nada, quizá porque llevaba toda la tarde escuchando la Marcha eslava de Chaikovski con los cascos.

Cuando llegamos al portal, me di cuenta de que lo que había pasado ya era de dominio público. Casi todos los vecinos habían bajado, algunos en pijama y otros en ropa de andar por casa, y tenían rodeados a dos agentes más que se habían quedado esperando en el portal asediándolos a preguntas y disposiciones.

Un policía desataba las manos al padre de la familia de rumanos inquilinos del piso de alquiler, a quien el señor Mateu había bajado maniatado junto con su mujer y su hija, mientras Doña Urraca le espetaba que se llevaran a toda la familia, que seguro que habían sido ellos.

- Señora, no estamos en el tercer Reich- le contestó el agente mientras deshacía el nudo marinero hecho con una soga gorda.

Nuria y Miquel, los Serrano, que habían bajado con los cuatro niños, pues esa semana les tocaba tenerlos a todos, preguntaban ansiosos al otro agente si estos hechos que estaban ocurriendo en la comunidad podían interferir negativamente en el expediente de adopción que habían iniciado de una niña china.

El presidente de la comunidad, con batín y zapatillas negras, departía con la madre Riba, con bata y zapatillas azul celeste, rulos y rejilla en la cabeza. Ella, con los brazos cruzados y una mano sobre la boca no hacía más que repetir que, adónde íbamos a parar, que ya no estaba segura una ni en su casa. Él, haciendo gala de ser asiduo lector de prensa, le contestó para tranquilizarla que pese a lo que pudiera parecer a la vista y oído de noticias y programas varios de sucesos, éramos uno de los países con el índice de criminalidad más bajo de la UE. Paco, que los había oído, se unió a ellos y sentenció:

- Como decía Confucio, trabaja en impedir delitos para no necesitar castigos.

Ella había bajado también a la abuela con Alzheimer en la silla de ruedas, que miraba a un lado y a otro y que pensaba que aquella congregación se debía a que iba a haber una boda.

El niño de los Riba llevaba el perro, un chucho canijo de esos que en cuanto te ven se te encara y se ponen a ladrar como un loco, por si no había suficiente alboroto ya. Al verme aparecer, el niñato gritó:

- ¡La profe de inglés va vestida de puta!- acto seguido su padre le dio un collejón y el niño le contestó: - A que te denuncio.

- ¡Qué guapa que va la novia! – añadió al abuela Riba- ¿Eres tú, el novio?- le preguntó a Paco.

Entonces, todos se percataron de mi presencia y se preocuparon por mi persona, si había sufrido algún daño, si sabía quién había sido, si me habían robado, si necesitaba algo...

Yo estaba un poco aturdida, oí que Paco me decía algo de unas clases de defensa personal, que el presidente hablaba de instalar una cámara de seguridad, aprecié como el señor Mateu miraba pecaminosamente el trasero de una de sus inquilinas Ecuatorianas... En ese momento apareció Pere y abrazó a Patricia, que lloraba desconsoladamente, y le aseguró que en cuanto hubieran vuelto a cambiar el suelo, puesto el tatami en la habitación, Jazzpel se dignara a instalarles el adsl, y tuvieran el agua osmótica, se irían a su nuevo pisito y abandonarían aquel horrible lugar.

El policía me propuso llevarme a casa de mis padres en el coche patrulla y yo accedí. Para mi sorpresa, cuando llegamos, Santiago, que no me había dicho ni mu hasta aquel momento, se bajó del coche y me acompañó hasta la puerta.

-Oye, no hagas más tonterías, que esto no es una película. Han matado a una persona. Ándate con mucho cuidado, y llámanos si pasa cualquier cosa.

Yo asentí con los ojos sin decir nada, porque si hubiera abierto la boca, se hubieran escapado mil mariposas.