martes, 28 de octubre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (XII)

Parte II

Intentamos hacer el mínimo ruido posible, pero, como estábamos bastante achispadas, nos costaba contener la risa y el volumen de la voz mientras subíamos las escaleras hasta el décimo piso.

Hallándonos ante la puerta que se me había resistido el día anterior, intentamos por turnos su apertura con la radiografía de mis dientes.

-Uf, yo seguro que no puedo...- dijo Neus, la última que quedaba por probarlo tras los intentos infructuosos de las demás, y que, haciendo gala de una habilidad de la que ella misma quedó pasmada, abrió la puerta a la primera.

Cuando la puerta se abrió, nos quedamos mirándonos sin saber qué hacer.

- Bueno, entramos, ¿no?- dijo por fin Isa.

Entramos y, sin ningún miramiento, encendimos las luces. El mobiliario del piso podría datar perfectamente de la época en la que se cometieron allí los crímenes treinta años antes. Lo primero que vimos fue el salón, probablemente la policía se había llevado los ordenadores que se almacenaban allí, pero quedaban cajas, cables y material informático diverso por el suelo, sobre el sofá, las sillas y la mesa. Seguidamente, pasamos a examinar el resto de habitaciones.

-¡Ei, venid! – dijo Noemí que había entrado en la habitación de matrimonio – Aquí venía a algo más que a guardar ordenadores...

Había una cama con el cabezal de hierro forjado presidida de un cuadro del sagrado corazón de Jesús. La cama estaba deshecha y entre las sábanas había un tanga... ¡mi tanga!

Entonces, sonó el timbre de la puerta. Nos miramos despavoridas y seguidamente oímos.

-¡Policía, abran la puerta!

Era la voz de Santiago.

Al parecer algún vecino, debido a los últimos acontecimientos acaecidos en la comunidad que nos tenían a todos en alerta, había llamado a la policía avisando de que estaba oyendo risas, voces y movimiento en un piso en el que se suponía que no vivía nadie.

Cuando abrí la puerta, las cinco pusimos cara de tierra trágame, ante la fija mirada de los policías.

Erigiéndome en portavoz, intenté explicarle a Santiago el objeto de nuestra presencia en el piso y traté de atenuar nuestra infracción de la ley informándole que habíamos encontrado encima de la cama el tanga que me habían robado.

Entonces, oí que un policía le decía a otro:

- Lo que nos faltaba, la Mata Hari tiene amigas...

domingo, 26 de octubre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (XII)

Parte I

Cuando volví a casa después de que Patricia me contara que la policía le había informado de que Pere era el propietario del piso maldito y que se sacaba un sobresueldo revendiendo portátiles robados de su empresa, mi cabeza se encontraba en plena ebullición de ideas. Vi la radiografía de mi dentadura sobre la mesa del comedor y en seguida se me ocurrió una idea muy mala... Me fui a buscar un boniato que había asado aquella tarde y me senté en el sofá a reflexionar sobre el rumbo que estaban tomando los acontecimientos mientras me lo comía.

Además de la excitación por las nuevas informaciones, estaba un tanto irritada con Santiago. El día que fui a la comisaría a informarle sobre el paradero de Esther, él ya sabía lo de Pere y no me había dicho ni pío. Yo había creído ingenuamente que Santiago y yo formábamos algo así como un “equipo” de investigación, pero acababa de darme de bruces contra la realidad y tenía que admitir que para él yo sólo era una simple chivatilla y que no contaba conmigo en serio como investigadora. Descubrirlo hirió bastante mis sentimientos y también acentuó mi amor propio. Me dije que aquella había sido la última vez que informaba a Santiago y a la policía de mis hallazgos, y que, cuando hubiera resuelto el caso, ya se lo comunicaría.

Habiéndome acabado el boniato, fui a poner la oreja en la puerta a ver si oía ruido. Eran las 11 de la noche, cogí la radiografía, abrí y cerré la puerta de mi casa con sumo sigilo y subí hasta el décimo discretamente por las escaleras. Cuando llegué, introduje la radiografía por la ranura y me puse dale que te pego a intentar abrirla. Estaba a cien, el corazón se me iba a salir del pecho y me temblaba el pulso, la verdad es que era la primera vez que acometía un acto delictivo tan deliberadamente. El sonido del ascensor en funcionamiento me sobresaltó, me asusté y decidí volver a casa y dejarlo para otro día.

Al día siguiente había quedado con unas amigas para cenar en mi casa. Fue una velada llena de excelentes noticias que regamos con abundante lambrusco. Noemí se acababa de trasladar a su nuevo flamante piso, Isa había acabado su tesis y le habían ofrecido un puesto en el laboratorio, a Neus la habían llamado para una sustitución de todo el curso en un instituto y Mercedes había recibido la oferta de una editorial para publicar su libro. Brindamos por nosotras, por seguir en racha, por ser tan estupendas... Por mi parte, las puse al corriente de las últimas novedades del caso del mirón, que ellas llevaban siguiendo con sumo interés desde el principio. Bajo la lucidez propia que otorga el vino, me animaron a que siguiera investigando e incluso me ofrecieron su ayuda. Sobre lo que sí me aconsejaron que debía tener cuidado era con Santiago. Porque, jugarse la vida investigando un caso en el que ya han asesinado a dos personas, vale. Lo que no vale es jugarse el corazón enamorándose de un hombre casado. Yo les contesté que no se preocuparan, que me había decepcionado que no confiara en mí, y que ya pasaba de él. Ja, eso no me lo creía ni yo.

Entonces, les conté como, para recabar nuevos datos, había intentado entrar en el piso maldito haciendo uso de la radiografía de mis dientes, y que, si bien a priori debía ser un juego de niños, a posteriori no me había parecido tan fácil.

-Nenas... ya que estamos aquí... ¿Y si intentamos entre todas abrir la maldita puerta? – propuso Mercedes, seguido de un sí, sí general lleno de regocijo...

La segunda parte de este capítulo, en el que las cinco amigas intentan abrir la puerta del piso maldito con la radiografía de los dientes de Laura, el miércoles...

domingo, 19 de octubre de 2008

A polis y ladrones - El mirón (XI)


El fin de semana de la muerte de Pere fue triste y doliente, así que, se me ocurrió que el lunes sería un buen día para cumplir mi deber cívico de poner en conocimiento de las fuerzas del orden lo que Paco me había explicado sobre la desaparición de Esther y, ya de paso, alegrarme la vista y el corazón visitando a Santiago en la comisaría.

Y así fue. Salí de la comisaría más contenta que unas pascuas. Tuve que esperar bastante rato para hablar con él, no sé si porque no estaba. Al principio me ofrecieron hablar con otro agente, bastante guapo, por cierto, pero yo, que soy siempre mujer de un solo hombre, dije que sólo podía hablar con Santiago, que él ya estaba al corriente del tema. Mientras esperaba, me saqué una bolsa de patatas de una máquina expendedora, y me puse a analizar al personal que salía y entraba, algunos de ellos esposados, y me dije que en mi instituto había elementos con peores pintas que aquellos y no teníamos esposas para ellos. En cierto momento, intercepté unas miradas guasonas de dos policías que hablaban entre sí y oí “la Mata Hari”. ¿Se referían mí? ¿Era conocida en la comisaría como la Mata Hari? Puestos a que te pongan un mote para reírse de ti, mejor que sea glamuroso, así que, incluso me gustó, y en ese momento me imaginé bailándole la danza de los siete velos a mi poli preferido. Mi fantasía se desvaneció justo cuando Santiago se personó ante mis ojos. Le conté todo lo que Paco me había explicado de Esther y le pregunté si ya sabían algo sobre Pere, a lo que me respondió que estaban investigando. Días más tarde me enteraría que me había mentido como un bellaco.

Al día siguiente era el entierro de Pere y me pasé por el tanatorio a asistir a la misa y dar el pésame a la familia. Aún no había visto a Patricia y, cuando me acerqué a ella, nos abrazamos y entre sollozos, me dijo que la fuera a ver un día a casa, que tenía algo que contarme.

Aquella semana, el bar de la Paqui era un hervidero de teorías lanzadas entre carajillos y donuts de chocolate, pero lo que me contó Patricia cuando un par de días después me decidí a ir a verla, las superaba a todas con creces.

La policía, investigando sobre el piso maldito, había descubierto que el propietario actual era ni más ni menos nuestro vecino Pere, que lo había comprado cinco años atrás, pequeño detalle que había ocultado a su familia y a Patricia. La misma tarde del homicidio la policía lo había interrogado a este respecto, y él les había confesado que se lo había comprado porque se sentía muy presionado por su familia para irse a vivir con Patricia pero él no lo tenía claro. Así que, cuando el fatídico hecho acaeció, la policía entró en el piso al cabo de unos días, y lo que encontró no fueron precisamente fantasmas, sino un almacén de portátiles HG, la empresa para la que él trabajaba y de la que al parecer sustraía los susodichos con fines lucrativos.

-¡Si me llego a enterar de esto, lo mato yo antes!- me chilló Patricia

Mientras bajaba en el ascensor, por primera vez empecé a vislumbrar la posible trama de aquel caso.

Cuando entré en mi casa, se me fueron los ojos hacia la bonita radiografía de mi mandíbula que yacía sobre la mesa del comedor y que tenía que llevar al dentista para sacarme las muelas del juicio. Y entonces recordé la frase que me dijo aquel agente cuando allanaron mi hogar: “Esta puerta la abre un niño con una radiografía” ¿Y si yo entraba en el piso maldito...?

domingo, 12 de octubre de 2008

Esta semana no va a poder haber continuación de la historia, no he tenido tiempo, así que, os propongo que votéis quién creéis que es el asesino...

martes, 7 de octubre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (X)

Parte II

Bajo los efectos del tempranillo, el espectáculo televisivo me empezó a parecer más divertido.

Me tragué entero un concurso donde, personas que precisamente tienen mucho que esconder, van a que pongan al descubierto lo más inconfesable y vergonzoso de sus vidas:

-¿Le has puesto los cuernos a tu marido con dos de sus amigos en vuestra casa?- preguntaba la presentadora bajo la mirada de tierra-trágame-toda-España-me-está-viendo-los-cuernos-de-alce del marido y de la suegra de la concursante entre el público.

Previamente, ya le habían preguntado si le había puesto cacas de oveja a alguien de su familia en la comida como si fueran aceitunas, y si había deseado que se muriera su suegra cuando estuvo enferma.

A las tres preguntas la respuesta fue sí. Eso sí, se llevó todo el bote...

A esa misma hora, en otras cadenas había un programa en el que se trataban los temas de actualidad de aquella semana, una película coreana de las que yo pago para ir a ver al cine, un programa de humor sobre los políticos, un reportaje sobre la civilización maya y otro de viajes sobre Jordania, país que pensaba visitar próximamente, pero yo me encontraba en pleno momento autodestructivo y de envilecimiento del que me resistía a salir y prefería ver las confesiones de una que pone cacas de oveja a su familia como aperitivo.

Pasada la medianoche, estuve viendo la teletienda, y hasta estuve a punto de comprar un magnífico juego de veinticinco cuchillos de cocina con los que hacer virguerías, por ejemplo, con las zanahorias y la cebolla, junto con el que te regalaban la indispensable enciclopedia de la cocina española en 17 tomos, una estupenda tabla de cortar de madera y un maravilloso delantal repele-manchas.

Cambié de cadena cuando empezaron a hablar de la vaporeta, y fui a caer en un programa de investigación, justo en el momento en el que se veía a los integrantes de una secta pedir dinero a los conductores de los coches que se paraban en un semáforo, supuestamente para una casa de acogida de mujeres maltratadas, cuando en realidad se trataba de una secta peligrosísima que no velaba precisamente por el respeto a las mujeres. Y entonces la vi. Estaba muy desmejorada, pero era ella, seguro. Aunque eran las dos de la madrugada, salí de casa flechada y bajé a casa de Paco. Él tampoco estaba durmiendo porque me abrió en seguida.

-Paco, ya sé dónde está Esther...
-Sí, yo también...- me respondió con los ojos vidriosos.

Me dijo que entrara y me lo explicó todo. Era verdad que ella se fue un día de casa y del trabajo sin decir nada, pero él sí sabía adónde había ido a parar. De sus años en los bajos fondos conocía a gente que lo había investigado. Él se torturaba pensando que no había sido capaz de ver lo que le estaba pasando, lo que ella gritaba en silencio. Esther llevaba meses alejándose de él y él pensó que sólo era una mala racha. Ella siempre había sido muy insegura, tenía una relación muy complicada con sus padres y buscaba en la vida respuestas que no encontraba, eso era lo que la había unido a Paco, pero él sí que había acabado por encontrar su camino en la vida. Y como él, además de trabajar en el gimnasio, era voluntario en una residencia de ancianos y se veían poco, ella empezó a buscar apoyo en otro sitio. Él creía que sabía cuando había empezado todo. Una vez ella le dijo que iba a ir a una conferencia con el título “La felicidad en Aristóteles” que ofrecía una asociación cultural, aunque después no le había contado nada, y él tampoco se acordó de preguntarle. Eso fue unos cuatro meses antes de desaparecer y ahí ella empezó a alejarse cada vez más de él.

Volví a mi casa pasadas las cuatro, me metí en la cama abatida y, hecha un ovillo, desee que el día siguiente me deparara algo bueno.

domingo, 5 de octubre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (X)


Parte I

Eran las 10 de la mañana de un soleado sábado de otoño, sin pájaros de mal agüero en el firmamento ni gato negro en ningún balcón que presagiaran ninguna desgracia, cuando el timbre de la puerta de abajo me interrumpió un trago de café mientras miraba por la ventana de mi cocina.


-¡Laura, baja corriendo!- me espetó la Paqui
-¿Qué pasa?
-Tú baja ya...
-Vaaale... Me visto y bajo...

Al salir a la calle y ver el revuelo de gente, los coches de policía y la ambulancia, supe que algo malo había pasado. La Paqui se acercó al verme, tenía la cara desencajada.

-Esto es muy fuerte... Han encontrado a Pere, el novio de Patricia, muerto en el garaje, dentro de su coche. También lo han degollado...

En ese mismo instante, oímos el murmullo de la gente y vimos como sacaban del garaje una camilla con un cuerpo tapado.

Cuando mataron al chico de Cardona, me impresionó pero no me afectó, pero a Pere sí que lo conocía, aunque sólo fuera de encontrármelo en el ascensor y de las reuniones de vecinos, y, por lo poco que lo había tratado, era un chico amable y simpático. Y, sobre todo, sí que había tenido bastante trato con Patricia, con quien había quedado alguna vez para tomar café y me había explicado sus dudas sobre su relación.

-Se ve que lo han encontrado los Riba, que han bajado a coger el coche, y el niño, que tu sabes que no se está quieto, se ha acercado al coche al ver a Pere inmóvil, y, no veas, el chiquillo está traumatizado por lo que ha visto...

Aquella mañana, hice las compras pertinentes de víveres, meditabunda y mustia, y ya no salí de casa en todo el día. Intenté ponerme a leer y a navegar por Internet para pensar en otra cosa, pero no lo conseguía. No podía dejar de pensar en el asesinato y no sabía hasta qué punto quizá en este segundo homicidio yo podría tener algo que ver. Para mí estaba bastante claro que, el día que encontré el periscopio-anaconda en el contenedor de basura, el asesino del mirón me vio cogerlo y luego entró un día en mi casa para recuperarlo. Y yo no hacía más que darle vueltas a que, si no lo hubiera encontrado, quizá la historia se habría quedado ahí y Pere estaría vivo, aunque no sabía qué lugar ocupaba él en todo ello. Claro, que también podría ser que este asesinato no hubiera sido perpetrado por la misma persona, sino que alguien hubiera aprovechado el mismo modus operandi para endosarle este segundo homicidio al asesino del primero... Uf... qué follón... En cualquier caso, en aquel momento, Pere era una pieza suelta que no sabía dónde encajar... Lo único raro que había visto de él los últimos días fue cuando me lo encontré por sorpresa, suya y mía, subiendo las escaleras... Y, si no subía las escaleras para hacer deporte, como yo sospechaba, ¿por qué lo hacía? ¿Adónde iba? O... ¿de dónde venía? ¿Había descubierto él algo y por eso lo habían matado?

Me pasé toda la tarde y la noche mirando catatónica la tele para olvidar...

Primero vi un programa en el que quince chicas intentaban enamorar a un chico utilizando sus encantos y sus armas de mujer, y que dudo que pase a los anales de la historia de la lucha de las mujeres por romper los prejuicios sobre ellas.

Luego, estuve zapeando insatisfecha entre diferentes programas del corazón y de sucesos a cual más escalofriante.

Después vino el telediario. El informativo abrió con el expediente de regulación de una gran marca de coches y el cierre de una importante empresa de helados. Seguidamente, que en un pueblo de Navarra los concejales de los diferentes partidos se hacen la guerra fría en los plenos del ayuntamiento con banderas, unos ponen la ikurriña, otros la de Iron Maiden y unos terceros la del Osasuna. Otro grupo parlamentario ha manifestado su intención de unirse a la contienda y colocar la bandera de Guatemala, y que, si la cosa empeora, pondrán la de Guatepeor.

No sé muy bien si por hambre real o por hastío, sentí la necesidad de hacerme algo de comer pero, como no tenía ánimo para ponerme a cocinar, saqué una pizza que tenía en el congelador. Pensé que sería buena idea acompañarla de vino, que además me ayudaría a dormir la mona. Miré entre los caldos que tenía y vi un Ribera que había comprado en un viaje para un amigo especial, que a mí regreso me sorprendió con que me había sustituido por otra que debía ser aún más especial que yo. Me pregunté si pasaba algo si me comía una pizza cuatro estaciones congelada con un vino de más de 40 euros, si iba a personarse la policía enológica en mi hogar por cometer semejante crimen o si me iban a vetar la entrada en las tiendas de vinos, pero tardé dos segundos en contestarme a mí misma que no, que tenía vía libre.

La segunda parte de este capítulo, que me ha salido muy largo, y donde Laura hace un gran hallagzo, el miércoles ...

domingo, 28 de septiembre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (IX)

Así que, una tarde después de las clases, decidí pasarme por la comisaría a poner en conocimiento de las autoridades competentes ciertos aspectos de mi comunidad de vecinos sobre los que creía que era importante que estuvieran al corriente.

Mientras esperaba, pensé que no tenía claro si prefería que me atendiera Santiago o no, teniendo en cuenta los evidentes sentimientos que despertaba en mí y lo inadecuados que resultaban dado su estado civil. Pero no tuve elección, me vino a buscar él.

En primer lugar, le manifesté mis dudas sobre el llamado “piso maldito” de nuestra comunidad. Le expliqué lo que la Paqui me había contado acaecido en los 70 y que había conmocionado a todo el barrio. En aquel piso vivía un matrimonio que fue brutalmente asesinado una noche mientras dormían, y tras el monstruoso homicidio de los dos apreciados convecinos, que aparentemente llevaban una vida rutinaria y apática, o sea, normal, nunca se supo quién cometió el crimen. Al poco tiempo, el único hijo del matrimonio, que ya no vivía con ellos, se deshizo del piso y lo vendió a alguien que siempre se había mantenido en el anonimato y que lo había tenido desde entonces cerrado a cal y canto. Y a mí, había algo que no me encajaba. Porque yo creer, me puedo creer que un piso tenga fantasmas, y que las almas en pena de los terriblemente asesinados allí, vaguen desconsoladas por el piso sin poder descansar y se dediquen a subir y bajar las persianas eternamente para llamar la atención de los vecinos, que vislumbran sus espectrales sombras tras las ventanas. Eso me lo puedo creer. Ahora, lo que no me puedo creer es que, en pleno desenfreno especulativo inmobiliario, el propietario de ese piso no le haya sacado el máximo provecho, cuando en ese barrio se habían vendido como rosquillos cuchitriles a precio de mansión de lujo.

El segundo tema que me tenía en vilo era la desaparición de Esther, la excompañera sentimental de Paco. Le expliqué que se había esfumado sin dejar rastro, ni siquiera se había despedido del trabajo, precisamente unas semanas antes del asesinato del mirón. El pequeño detalle que eludí contar a Santiago era que Paco había estado a punto de estrangularme en nuestra clase de defensa personal, pero pensé que iba a inculparlo demasiado, y había algo en mi interior que me decía que, aunque a lo mejor tenía algún problemilla psicológico, Paco no era un asesino, pero me quedaba un pequeño resquicio de duda y creía importante investigar qué había pasado con Esther.

Estuve allí casi dos horas, él me preguntó también por los demás vecinos y yo le conté lo que sabía y me pareció relevante. Y también hablamos de cosas que iban surgiendo en la conversación y que no tenían nada que ver con el caso...

Cuando salí de la comisaría, sentí el impulso de volver a entrar y quedarme allí con Santiago toda la vida, pero me puse en dirección a la frutería de mi barrio.

Cuando llegué, vi que también estaba Nuria, la de los Serrano, que hablaba airada con la cajera que le pesaba la fruta sobre los trámites de adopción de la niña china.

-Mira, estoy harta de que nos pongan tantas pegas. Pues no nos dijeron el otro día que si ya teníamos cinco, para qué queríamos tener más. Y a ellos qué les importa, si económicamente podemos. Mira, me entraron ganas de coger el boli y clavárselo a la tía en la frente...

Ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba al lado pagándole a la otra dependienta, intenté que mi presencia pasara desapercibida y salí sin que me viera. Me pregunté si Nuria sería capaz de matar realmente a alguien, porque decir, muchas veces decimos barbaridades que luego no haríamos.... ¿o sí...?

En ese momento, vi que el presidente de nuestra comunidad se acercaba caminando hacia mí, mientras hablaba concentrado por teléfono sin fijarse en mi persona:

-No, no te preocupes, nadie se va a enterar, está todo atado y bien atado...

Me empecé a poner nerviosa... Intenté tranquilizarme pensando que, trabajando en Hacienda, y teniendo los entretenimientos sexuales que tenía, esa frase podía referirse a cualquier otra cosa... Pero, lo que me aterrorizó realmente fue, al abrir la puerta del portal, ver que estaban esperando el ascensor Doña Urraca y el señor Mateu. No tenía escapatoria, tenía que subir con ellos. Ella me miró de arriba abajo y, con su habitual acritud, en seguida me sacó uno de los dos temas recurrentes que todo el mundo te suelta cuando eres profesora, que hay que ver cómo está la juventud de hoy en día, que que maleducados que son, que adónde vamos a ir a parar, virgen santa... El otro tema recurrente, el del chollo de las vacaciones, no salió. Ella habló todo el rato sin parar, yo no hacía más que asentir, el señor Mateu tampoco dijo ni pío, se limitaba sonreír. Me parecían tan siniestros los dos... Afortunadamente, ellos bajaron en el tercero. Al llegar a mi planta y abrirse las puertas, me encontré a Pere y ambos nos asustamos al vernos. Me soltó nervioso que había decidido subir andando (¡al octavo!) para hacer ejercicio. Eso no me lo creo yo ni harta de vino, Pere es de los coge el coche hasta para ir a comprar el pan a la vuelta de la esquina.

Cuando entré en mi piso, cerré la puerta echando el cerrojo sintiendo el corazón que se me iba a salir del pecho. Cualquier mínimo detalle me hacía sospechar de todos y cada uno de mis vecinos. Me iba a volver loca. Me quité los zapatos y me fui a tumbarme al sofá. Me apreté un cojín contra cara y grité con todas mis fuerzas.

domingo, 21 de septiembre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (VIII)

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pues la mujer, también.

Al día siguiente, volví a mi piso con la intención de llevarme lo necesario para irme a pasar una temporadita a casa de mis padres, siguiendo la juiciosa recomendación del agente Santiago. Ordené el piso y cogí la ropa que necesitaba. Al cerrar la puerta del armario, sentí que había visto algo que no me cuadraba, aunque no sabía qué era. Así que, lo volví a abrir y lo examiné bien, pero no veía qué era lo que me había llamado la atención. Conque lo dejé estar y me puse a meter la ropa en la maleta. Entonces me di cuenta. Fui de nuevo el armario y, repasando el cajón de la ropa interior, comprobé que quien entró en mi casa SI se había llevado algo. Unas braguitas. Eran de esas que guardaba para una ocasión especial, y que, cada vez que abría el cajón, estaban ahí para recordarme, por si algún día se me olvidaba, el tiempo que llevaba sin comerme un rosco. Y eso sí que no estaba dispuesta a pasarlo. En mi casa no entra ningún asesino de tres al cuarto, que casi necesita un cursillo para degollar al de Cardona, y se lleva una de mis braguitas que llevo tanto tiempo guardando con todo el cariño esperando que lleguen días mejores a mi cama.

Bajé al bar a comunicarle a la Paqui mi descubrimiento y mi consiguiente decisión.

-¿Y estaban limpias? – me preguntó
-Pues claro, si estaban en el armario.
-Será un fetichista...
-Pues igual sí... Pero te digo una cosa. Yo ahora sí que no me voy de mi casa, y no sólo eso, sino que pienso descubrir quién ha sido.
-Cuidadín, cuidadín... a ver si por culpa de las dichosas bragas te va a pasar algo...
-He pensado apuntarme a clases de defensa personal, algo me dijo Paco ayer...
-Oye, por cierto, ¿te acuerdas de uno de los policías que vino ayer? El que te habló cuando vinieron a buscarte no, el otro.
-Sí...
-¿Sabes con quién está casado?
-Vaya, qué raro... – murmurando irónicamente
-¿Qué raro el qué?
-No, nada, no me hagas caso... ¿Con quién está casado?

-Con una de tu edad, la hija de los de los pollos asados de la calle Mauritania....
-¡¿Mireia?!
-Sí...
-No...

Al día siguiente, acudí al centro en el que trabajaba Paco como profesor de taichí, donde yo misma asistía a sus clases y anteriormente ya había realizado cursillos varios, como salsaterapia, danza del vientre o pilates, y le pregunté sobre lo que me había hablado de defensa personal el día del allanamiento de mi morada. Me contestó que él mismo podría enseñarme, y a mis dudas sobre si alguien de mi estatura y complexión podría defenderse del ataque de un tiarrón, me respondió con un simulacro de agresión de él a Sara, la nueva profesora de pilates, angelical, delgada y no mucho más alta que yo, y comprobé que no sólo podía zafarse de su agresor, sino incluso llegar a darle una buena tunda.

De todas formas, me resultaba difícil imaginarme a mí misma volteando a un tío tres veces más grande que yo, pero me dije que de algo me serviría.

Durante aquella semana hicimos un entrenamiento intensivo. Uno de esos días, mientras estaba practicando con Paco como deshacerme de alguien que me está intentando estrangular con su brazo por detrás, se me vino a la cabeza la repentina desaparición de Esther, su novia, hacía unos meses, y no se me ocurrió otra cosa que preguntárselo en aquel preciso momento:

-Oye, Paco, ¿y no has sabido nada más de Esther? ¿Es raro que nadie sepa nada de ella, no?

Como estábamos practicando delante del espejo, pude ver su cara, y como al apacible Paco le cambió el semblante y se le nubló la vista, y, sin contestarme, serio e inmóvil, como ido, me apretó aún más el cuello, y yo, que me estaba quedando sin respiración, pronuncié un par de veces su nombre casi sin voz, sin poderlo sacar de su trance. Justo en ese momento, entró providencial la profesora de salsaterapia para avisar que ya se nos había pasado la hora. Entonces, Paco volvió en sí y yo pude respirar.

-No, no tengo ni idea de donde está- me respondió - Como dice Confucio, no pretendas apagar con fuego un incendio, ni remediar con agua una inundación.

Mientras me cambiaba en el vestuario, me pregunté si la desaparición de Esther y el asesinato del mirón no podrían estar relacionados. No me podía creer que mi estimadísimo Paco fuera un asesino, pero sabía que, antes de encontrar su camino junto a Confucio, había tenido un pasado bastante violento. Y bueno, conmigo se le fue la pinza por un momento y había estado a punto de estrangularme...

Durante toda aquella semana no había visto al agente Santiago. Bueno, a decir verdad, no lo había visto con los ojos abiertos, pero sí había soñado con él una noche. Pensé que quizá podría pasarme por la comisaria para comentar la desaparición de Esther y también abordar otro tema que me rondaba la cabeza, el “piso maldito” de nuestra finca...

domingo, 14 de septiembre de 2008

A polis y ladrones – El mirón (VII)

Pocos días antes, había leído en un libro del Punset que, en contra de lo que te dice el raciocinio y la sabiduría popular, más que con el roce y el cariño, a tu media naranja la encuentras por flechazo, porque tus sentidos y tu intuición captan inmediatamente con quien eres compatible. En cuanto uno se pone a pensar, lo estropea todo.

Pero yo, haciendo caso omiso de mi corazón, ordené desde mi cerebro que se fueran a freír espárragos las dichosas mariposillas que revoloteaban en mi estómago, cuando, desde el bar de la Paqui en el que estaba esperando, vi salir del coche patrulla al agente Santiago, por mentirosas, inducirme a infundadas esperanzas y una vez más arrastrarme más que previsiblemente a la debacle sentimental total.

Salí a su encuentro y ellos al reconocerme se acercaron a mí, pero quien me habló fue el otro policía.

- ¿Nos ha llamado usted...?- me preguntó
- Sí, es que alguien ha entrado en mi casa.
- ¿Ha visto quien era?
- No... bueno, sí... una sombra... es que lo he visto desde otra casa...
- ¿Desde qué casa...?
- Eh...desde la casa del chico al que mataron...
- ¿Qué...?
- Bueno... es que... había una fiesta... y me invitaron...– ambos me miraron de arriba abajo - Bueno vale, voy a decir la verdad... Vi que había una fiesta y me colé porque quería comprobar qué se veía exactamente desde la habitación desde donde nos grababa.
-Puf... - bufó mirando a Santiago- otra con el síndrome CSI.- Anda, vamos a subir al piso- me dijo en tono condescendiente.

Cuando entramos, era evidente que alguien había estado rebuscando en armarios y cajones.

- ¿Cerró con llave al salir?- me preguntó el mismo
- No, salí con prisas y sólo le di un tirón.
- No parece que hayan forzado la cerradura, pero esto lo abre un niño con una radiografía. Mire a ver si encuentra a faltar algo.

El agente Santiago, que no me había dirigido la palabra en todo el rato, y al que yo tampoco había mirado a la cara aún, le dijo a su compañero que iba a preguntar a los vecinos del rellano si habían visto u oído algo. Después de echar un vistazo general, me pareció que no se habían llevado nada y el policía me recomendó que sería mejor que me fuera a pasar aquella noche a otro sitio, y yo le respondí que me iría a casa de mis padres.

Al salir, vi a Santiago interrogando a la violinista, que le contestaba con la puerta entreabierta que no, que ella no había oído nada de nada, quizá porque llevaba toda la tarde escuchando la Marcha eslava de Chaikovski con los cascos.

Cuando llegamos al portal, me di cuenta de que lo que había pasado ya era de dominio público. Casi todos los vecinos habían bajado, algunos en pijama y otros en ropa de andar por casa, y tenían rodeados a dos agentes más que se habían quedado esperando en el portal asediándolos a preguntas y disposiciones.

Un policía desataba las manos al padre de la familia de rumanos inquilinos del piso de alquiler, a quien el señor Mateu había bajado maniatado junto con su mujer y su hija, mientras Doña Urraca le espetaba que se llevaran a toda la familia, que seguro que habían sido ellos.

- Señora, no estamos en el tercer Reich- le contestó el agente mientras deshacía el nudo marinero hecho con una soga gorda.

Nuria y Miquel, los Serrano, que habían bajado con los cuatro niños, pues esa semana les tocaba tenerlos a todos, preguntaban ansiosos al otro agente si estos hechos que estaban ocurriendo en la comunidad podían interferir negativamente en el expediente de adopción que habían iniciado de una niña china.

El presidente de la comunidad, con batín y zapatillas negras, departía con la madre Riba, con bata y zapatillas azul celeste, rulos y rejilla en la cabeza. Ella, con los brazos cruzados y una mano sobre la boca no hacía más que repetir que, adónde íbamos a parar, que ya no estaba segura una ni en su casa. Él, haciendo gala de ser asiduo lector de prensa, le contestó para tranquilizarla que pese a lo que pudiera parecer a la vista y oído de noticias y programas varios de sucesos, éramos uno de los países con el índice de criminalidad más bajo de la UE. Paco, que los había oído, se unió a ellos y sentenció:

- Como decía Confucio, trabaja en impedir delitos para no necesitar castigos.

Ella había bajado también a la abuela con Alzheimer en la silla de ruedas, que miraba a un lado y a otro y que pensaba que aquella congregación se debía a que iba a haber una boda.

El niño de los Riba llevaba el perro, un chucho canijo de esos que en cuanto te ven se te encara y se ponen a ladrar como un loco, por si no había suficiente alboroto ya. Al verme aparecer, el niñato gritó:

- ¡La profe de inglés va vestida de puta!- acto seguido su padre le dio un collejón y el niño le contestó: - A que te denuncio.

- ¡Qué guapa que va la novia! – añadió al abuela Riba- ¿Eres tú, el novio?- le preguntó a Paco.

Entonces, todos se percataron de mi presencia y se preocuparon por mi persona, si había sufrido algún daño, si sabía quién había sido, si me habían robado, si necesitaba algo...

Yo estaba un poco aturdida, oí que Paco me decía algo de unas clases de defensa personal, que el presidente hablaba de instalar una cámara de seguridad, aprecié como el señor Mateu miraba pecaminosamente el trasero de una de sus inquilinas Ecuatorianas... En ese momento apareció Pere y abrazó a Patricia, que lloraba desconsoladamente, y le aseguró que en cuanto hubieran vuelto a cambiar el suelo, puesto el tatami en la habitación, Jazzpel se dignara a instalarles el adsl, y tuvieran el agua osmótica, se irían a su nuevo pisito y abandonarían aquel horrible lugar.

El policía me propuso llevarme a casa de mis padres en el coche patrulla y yo accedí. Para mi sorpresa, cuando llegamos, Santiago, que no me había dicho ni mu hasta aquel momento, se bajó del coche y me acompañó hasta la puerta.

-Oye, no hagas más tonterías, que esto no es una película. Han matado a una persona. Ándate con mucho cuidado, y llámanos si pasa cualquier cosa.

Yo asentí con los ojos sin decir nada, porque si hubiera abierto la boca, se hubieran escapado mil mariposas.

domingo, 7 de septiembre de 2008

La planta más tímida





Para que luego digan que las plantas no sienten, la mimosa púdica se asusta en cuanto la tocan.

domingo, 31 de agosto de 2008

Operación retorno

Cómo no va a tener uno síndrome postvacacional si llevan una semana machacándonos con ello todas las cadenas de televisión...
Qué se le va a hacer, siempre nos quedará recrearnos en los recuerdos de los bonitos momentos vividos este verano, y contemplar embobados una y otra vez las fotos que uno ha hecho (qué gran invento, la cámara digital, que, así como quien no quiere la cosa, hace uno mil fotos en un santiamén...)
Por cierto, ¿cómo os han ido las vacaciones? Jo, para mí ha sido realmente un verano inolvidable, y vuelvo con ideas renovadas para la historia de Laura y su investigación sobre el asesinato del mirón, pero tengo que confesar que no he escrito absolutamente nada de nada en todo este tiempo, así que, voy a tardar unos días en ponerme a tono y poder escribir la continuación. Mientras, iré publicando cosillas varias ;)

¡Ánimos para la vuelta!

jueves, 10 de julio de 2008

Cerrado por vacaciones


jolie chanson d'amour ici...

martes, 1 de julio de 2008

A polis y ladrones - El mirón (VI)

Parte II

-Hola – muak, muak - soy... Belén – así me presenté al empezar la ronda de besos reglamentarios a todo el personal que había en la fiesta del piso del mirón fallecido recientemente, que fue el primer nombre falso que se me ocurrió ya que aquella tarde había estado viendo en un programa de rabiosa actualidad las vicisitudes de Belén Estefan para encontrar vestido de novia, mientas me iba tirando continuamente de la minifalda para abajo.

Una vez acabados los saludos, empecé a dirigirme a la habitación, así como quien no quiere la cosa, entre el circundante ji ji, ja ja, el bailoteo, los porritos, las birras... Y cuando ya estaba delante de la puerta con el tirador en la mano, un tío con una camiseta del Señor de los Anillos con el dibujo del ojo de Sauron me interrumpió. Se presentó, me empezó a hablar, y yo tuve que desistir de mi objetivo. Cuando llevaba un rato soliloquiando sobre la injusticia de no haberle dado el Nobel de literatura a Tolkien, me dijo que tenía la garganta seca y fue a buscar bebida para los dos.

Entonces, aproveché para abrir, pero no esperaba ver lo que me encontré. En la cama del finado, una parejita practicaba con ahínco la postura del misionero, y yo, tras pedir perdón, volví a cerrar, aunque creo que ni se percataron de mi irrupción. En estas que llegó de nuevo mi ya acompañante de aquella velada, y entonces me contó que él había adoptado los principios morales de los elfos y me empezó a hablar en lengua élfica.

Al cabo de un rato, la puerta se abrió y salieron los amantes, que inmediatamente se dispersaron y fueron a buscar uno y otra otros partenaires. Pensé que tenía que entrar antes de que se me adelantaran, y aprovechando que acababa de unírsenos un tío con una camiseta de Stars Wars con quien mi amigo estaba empezando a tener una acalorada discusión, me infiltré en la habitación. Bajo la ventana estaba la cama, desde donde el mirón debía observar con el periscopio-anaconda, en la pared derecha había un armario y en la izquierda una mesa y unas estanterías. Entonces, me acerqué a la ventana y, como era de noche, casi todas las casas tenían las persianas bajadas. Pero lo único que vi me dejó de piedra. En mi ventana, se distinguía la sombra de una persona. Paralizada como estaba por lo que acababa de ver, tardé unos segundos en darme cuenta de que tenía a alguien detrás que me estaba tocando una teta y chupando el cuello, y en cuanto conseguí volver a la realidad, me zafé y salí corriendo. Bajé a la calle hecha un manojo de nervios, y en el portal llamé a la policía con el móvil y les dije que había alguien en mi casa y que yo no le había abierto la puerta.

Al cabo de pocos minutos, que para mí fueron una eternidad, llegó un coche de policía y de su interior emergió Santiago. Al avistarme con mi atuendo de lolita, frunció el ceño y yo pensé : Ya la he vuelto a cagar.

Como ya sabéis algunos, voy a estar ausente casi todo el verano, y no sé aún si voy a poder seguir escribiendo, así que, si en un par de semanas no he publicado nada, habrá que esperar la continuación de la historia hasta septiembre...

domingo, 29 de junio de 2008

A polis y ladrones - El mirón (VI)

Primera parte

El policía que me enseñó la web y me volvió a tomar declaración fue el agente Santiago, al que poco tiempo después habría de llamar Santi, y apodado por mí antes de conocer su nombre, el sonrisas. No sabía por qué, pero, desde el día que él y su compañero estuvieron en mi casa, cuando yo hice aquella declaración tan penosa y a él se le escapó media sonrisa, se me había quedado una espinita clavada y deseaba tener la oportunidad de volverlo a ver sólo para demostrarle que no estaba loca, o al menos, no tanto.

Mientras me enseñaba la página de internet se sentó a mi lado y su olor me recordó al sauvignon blanc, un vino muy controvertido que, o bien uno lo detesta porque le huele a pis de gato, o bien te encanta como a mí, que me huele intensamente a piel. Mi conversación con él fue de lo más normal y del todo profesional por su parte, pero, desde que Santiago me entró por la nariz, ya no lo pude sacar de mi cabeza.

Los días siguientes, excitada por el éxito de mi primera colaboración con la policía y por la perspectiva de volver a ver a Santiago, no dejaba de pensar que tenía que seguir haciendo averiguaciones sobre el caso del mirón aprovechando mi privilegiada situación de vecina. Pero no sabía por dónde empezar. Y un día, mientras fregaba los platos y miraba hacia la ventana desde donde la intimidad de los vecinos había sido robada, se me ocurrió que quizá si conseguía entrar en su habitación podría descubrir algo. Empecé a pensar que, para entrar, podría hacerme pasar por comercial de Timofónica, o revisora del gas, o instaladora de adsl, o fumigadora de cucarachas, aunque no acababa de ver yo clara ninguna de estas opciones.

Una noche, oigo música del Bisbal a todo trapo, e impelida hacia la ventana para ver de dónde viene, veo que en el piso del fallecido tienen las ventanas de par en par y se ve a multitud de jovenzuelos en una fiestaza del copón. Al parecer, el período de duelo por el homicidio de su compañero había pasado, o debían pensar aquello de que el muerto al hoyo y el vivo al bollo. En cualquier caso, me dije que a la ocasión la pintan calva y que no podía desperdiciar aquella oportunidad. En aquel momento me alegré de mi aspecto juvenil y de que siempre me echen diez años menos de los que tengo. Rebusqué en el armario y encontré un top que se había dejado mi sobrina en casa, que decía “Do you wanna be my lover?”, me puse una mini-minifalda tejana que sólo me atrevía a ponerme para ir a la playa, me hice dos coletas, y rematé con unos zapatos rojos de tacón, y cuando me miré al espejo, me pareció que tenía suficiente aspecto de lolita y recé por que en aquella fiesta no hubiera ningún alumno mío. Cogí unas cervezas, las metí en una bolsa y salí de casa. Afortunadamente, cuando llegué al portal, había un grupo de chicos que ya venían entonados y que indudablemente iban a la fiesta, y, entre risas y tonterías, subí con ellos y acabé colándome en el piso.

Lo que pasó en la fiesta, el miércoles...

jueves, 19 de junio de 2008

A polis y ladrones - El mirón (V)

Así que, me llevé el hallazgo prueba de mi cordura a casa, pensé en limpiarlo un poquito, porque tenía churretones malolientes de vete a saber tú qué se le había enganchado en el contenedor, pero en ese momento me asaltó una visión de Grissom y caí en la cuenta de que podría eliminar huellas, fibras, cabellos, sangre, restos biológicos o cualquier microscópica partícula animal, vegetal o mineral que pudiera o pudiese resultar clave para el caso. Conque, me enfundé los guantes rosa de fregar los platos y lo examiné cuidadosamente. Estaba roto, pero se veía que era un periscopio muy sofisticado con cámara y todo. En mi época la mayoría de estudiantes éramos más pobres que una rata, pero hoy en día, cualquier renacuajillo de ocho años tiene una PDA y va de su casa al cole guiándose del GPS. Me reí para mis adentros pensando en la cara que me iba a poner el policía risitas.

Al día siguiente, me llevé a Ana envuelta en una bolsa de basura al trabajo, y la dejé en un rinconcillo de la sala de profesores, sabiendo que una porquería más por allí en medio no iba a llamar la más mínima atención, y al acabar las clases me dirigí a la comisaría. Mientras me acercaba a la puerta, me espanté al ver la cola que se perdía en el infinito y más allá, dándole la vuelta a la manzana. Al llegar a la puerta vi que, de hecho, había tres colas: la interminable, que salía del lado izquierdo de la puerta; otra también larga, aunque no tanto, que salía del lado derecho; y una tercera, la más corta de las tres, enfrente de la puerta. Así que, ni corta ni perezosa, me acerqué al policía que hacía de portero y le pregunté:

- Yo es que vengo a traer la prueba de un crimen, ¿tengo que hacer cola?
-Por supuesto señorita. ¿Usted es extracomunitaria, comunitaria no nacional o nacional?
- ¿...nacional....?- no lo afirmé muy convencida, tuve que pensarme por un instante qué era yo...
- Tenga usted - y me tendió un número como el que te dan en la pescadería.

Afortunadamente, me tocó la cola más corta. Nunca en mi vida me había alegrado tanto de no ser extracomunitaria. Al poco rato entré y me pasaron con un agente que me tomó una breve declaración y me dijo que analizarían el objeto y ya me dirían algo. No vi al sonrisas y mi declaración pasó sin pena ni gloria.

Al cabo de unos días me llamaron de la policía para que acudiera a la comisaría. Y cuando fui, yo ya noté de entrada que se me trataba con un cierto respeto y credibilidad. Hasta me preguntaron si quería un café de la máquina mientras esperaba. Me enseñaron una página web en la que nuestro amigo de Cardona había colgado vídeos de casi todos los vecinos, probablemente grabados con el periscopio-anaconda, donde los visitantes votaban el que más le gustaba: en un video salía yo, fregando los platos mientras cantaba, aunque afortunadamente no se oía la voz; en el piso de nuestro presidente, un hombre desconocido, enmascarado con cuero y asiendo un látigo en la mano, bajaba la persiana del comedor; a Paco se le veía mirando un partido del Barça ataviado con el chándal oficial de la selección española, en la postura meditativa del loto y con un vaso de cola-cao al lado; a los Serrano se les veía en la ducha procreando, o simplemente fornicando, las imágenes no despejan esta duda; a Patricia se le ve en paños menores delante de un espejo de cuerpo entero decidiendo si combina una falda de Prafa con una camiseta Dolze Gapana o viceversa; el señor Mateu sale en el piso de sus inquilinos, subido a una silla, dejando la lámpara de ocho brazos del comedor con una sola bombilla, en gesto ostensiblemente ahorrativo, y seguidamente la cámara recoge a Doña Urraca abriendo la caja fuerte con apertura de cámara acorazada introduciendo un fajo de billetes; en el piso maldito se apreciaba una sombra con perfil humano subiendo la persiana; en casa de los Riba, se ve a la abuela haciendo sus necesidades y después a su hija limpiándole, este era el video más visto y también el más votado, seguido del de los Serrano. Y los menos votados, el de Paco y el mío, aunque, tengo que admitir que hasta Paco haciendo el loto delante de la tele y bebiendo cola-cao había recibido más votos que yo. Y eso me dolió. Es como cuando pasas por delante de una obra, si los obreros te dicen procacidades te parecen unos cerdos, pero si no te dicen ni mu, te baja la autoestima. A mí no me hace gracia que me saquen en internet sin mi consentimiento, pero haber despertado tan poca expectación en el ranking, me hiere el amor propio. Me sorprendió que no hubiera ningún vídeo de la violinista, y pensé que, una vez más, se confirmaba que era la más lista de todos y se resguardaba de miradas indiscretas.

Continuará, el lunes que viene...

domingo, 15 de junio de 2008

Realidad y ficción

Al hilo de la historia que ahora ocupa el blog, no me puedo resistir a ofreceros un impagable documento sociológico-vecinal sobre el caso del que os hablé hace unos días, el de una serpiente y sus crías que se han instalado cómodamente en un edificio de Motril del que no hay manera de echarlas. He colgado el video en el Youtube porque era muy grande para el blog.

Pinchad aquí para verlo.

El lunes del que hablan en el video es mañana, a ver si nos enteramos de cómo acaba la historia.

(Por cierto, yo desde el Mozilla lo veo perfectamente,
pero desde el Explorer se corta.)

El siguiente capítulo de “El mirón”, el miércoles.

domingo, 8 de junio de 2008

A polis y ladrones -El mirón (IV)

Mientras contemplaba a mis convecinos manifestar en público sus más superficiales pensamientos, opiniones más prejuiciosas y valoraciones menos razonables, me pregunté para mis adentros si sería posible que el homicida fuera uno de ellos, así como si un criminal puede ser más tonto que una alpargata o tiene que ser por fuerza un ser inteligentísimo como Aníbal Lecter. Y aún me asaltó un tercer dilema: ¿qué tipo de persona se supone que alberga el alma de un asesino...? Al no ser capaz mi intelecto de responder a ninguna de mis tres dudas existenciales, decidí voluntariamente desconectar mis neuronas para no cansarme mucho y continué contemplando el espectáculo como quien mira la tele para olvidar sus penas.

Al día siguiente, dos agentes de las fuerzas del orden público, debidamente uniformados, se personaron en mi domicilio habitual, inquiriéndome si podía aportar datos a la investigación. Aquel era mi momento de gloria, porque estaba segura de que el asunto de la anaconda tenía que ver con el asesinato del chico de Cardona. Yo ya me había imaginado a mí misma declarando hasta delante del juez, como el testimonio de excepción que había dado la información clave para dilucidar el caso, incluso había soñado que, en agradecimiento a mi inestimable colaboración, le habían puesto mi nombre a una plaza que habían construido encima de un párking, por cierto, la plaza un poco fea, sin un solo arbolillo ni triste parterre con florecillas o césped, nada, de cemento puro y duro, que si van los niños allí a jugar se desuellan vivos las rodillas, pero no me voy a poner quisquillosa, tampoco voy a exigir que le pongan mi nombre a algo así como el Parque Güell . Sin embargo, en vez de mi soñada actuación estelar, me estrellé con todo el equipo.

En cuanto empecé a explicarle a los agentes lo de la anaconda y apercibí su fruncimiento de cejo de incredulidad, me di cuenta de mi craso error, y de que en estos tiempos que corren, ser profesor no es garantía de cordura, sino de todo lo contrario, así que, quise arreglarlo y explicarlo de otra forma más verosímil y entonces dije que yo llamaba Ana a la anaconda y que creía que en realidad era un artefacto que me grababa mientras fregaba los platos para vete tú a saber si colgarlo en alguna página de esas guarrillas. A uno de los agentes se le escapó una sonrisilla. No me dejaron acabar, me dieron las gracias cortésmente e hicieron mutis por el foro. El hecho de que hubiera una botella de vino abierta en la mesa del salón tampoco ayudó mucho a mi credibilidad.

No sólo sentí vergüenza propia, sino también vergüenza ajena desde el superyó freudiano, ridícula al cuadrado. Mira que he leído yo novelas de Agatha Christie, y será que no he visto veces los capítulos de Colombo y Se ha escrito un crimen, en castellano y en catalán, y como producto nacional, El Comisario, para que cuando tengo una oportunidad de participar en un caso real, acabar haciendo una declaración tan sumamente patética. Con lo bien que me salen los discursos cuando los pienso, lo torpe que soy luego cuando los digo.

Los días siguientes, hice pagar mi frustración a mis alumnos poniéndoles ejercicios sobre los phrasal verbs hasta la repugnancia.

Unos días más tarde, fui a bajar la basura, y al apretar con el pie el pedal para que se abriera la tapa del contenedor, vi que, de entre las basuras, emergía algo que se parecía a Ana. Como no era lo que esperaba encontrar en ese momento ni lugar, me asusté y dejé ir el pedal, con lo que la tapa se volvió a cerrar. Y haciendo caso omiso de la sabiduría popular que sentencia que la curiosidad mató al gato, volví a apretar el pedal lentamente, y pude constatar que efectivamente era mi Ana y también que no me iba a morder. Tenía que sacarla de allí, aquello era la prueba de mi cordura. Aunque claro, la operación era bastante complicada dada mi poca estatura, alargando el brazo simplemente no llegaba, así que, coloqué la bolsa de basura sobre la barra que hacía de pedal para que aguantara la tapa abierta y de un brinco me subí apoyando el estómago en el borde del contenedor. Mientras me agarraba con la mano derecha al contenedor, el brazo izquierdo se alargaba para alcanzar a Ana, rogando que no se me cayera la tapa encima. Cuando la hube asido, salté de nuevo a tierra firme. Aunque estaba roto, cuando lo saqué vi perfectamente lo que era, un periscopio, y visto desde lejos podría parecer una serpiente. Ajá, me dije, se va tragar su sonrisilla el madero ese... Cuando volví a entrar en el portal, ufana de mi hallazgo, me di cuenta de que la luz del portal estaba encendida... Qué raro, pensé, si no había visto que entrara ni saliera nadie durante aquel rato...

Continuará, la semana que viene...

domingo, 1 de junio de 2008

A polis y ladrones - El mirón (III)


Yo ya me había dado cuenta, a medida que me acercaba, que había coches en triple fila y un gentío en la entrada del portal de al lado que no era nada normal. Menos mal que la Paqui me avistó a tiempo y me informó de lo que había acontecido. Al parecer, el chico de Cardona había bajado durante la noche, por motivos que se desconocen, al portal, se presume que sólo por un momento, pues lo encontraron en zapatillas y ropa de andar por casa, y allí lo degollaron de manera bastante torpe ya que el asesino, seguramente neófito, hizo una escabechina con su cuello porque no lo conseguía matar con un cuchillo grande pero poco afilado, según palabras oídas por la Paqui entre el forense y el juez cuando después del levantamiento del cadáver se fueron a tomar un carajillo a su bar y ella se puso a barrer distraídamente alrededor de ellos. Quien encontró al finado fue el señor Mateu, cuando a las cinco de la mañana pasó por delante del portal contiguo de camino al tren, que aunque no tiene que estar en el arzobispado hasta las 8, como coge la Renfe, se va 3 horas antes porque no se permitiría a sí mismo por nada del mundo llegar tarde a su trabajo pues, a quien madruga, Dios le ayuda.

Cuando me hubo revelado los pormenores del caso, decidimos acercarnos y hacer lo que hace la gente normal allí donde ha ocurrido una desgracia, que es ir a fisgonear. Entre la muchedumbre, vimos varias cámaras de televisión y periodistas que recogían el testimonio de los vecinos. Mientras Doña Urraca, con su atuendo habitual de los últimos veinte años que emanaba alcanfor en un kilómetro a la redonda, se lamentaba ante las cámaras de “Está ocurriendo que qué vergüenza, que aquello iba a dar mala fama al barrio, que qué iban a decir de ellos en toda España y parte del extranjero, y que Dios tenía que castigar a quien hubiera cometido aquel crimen, que tenía que ser por fuerza ateo o moro, “El látigos” afirmaba categóricamente a “España en vivo” que había que actuar con contundencia, que tendría que caer todo el peso de la ley sobre el culpable, y que en este país era necesario un endurecimiento de las penas, aunque interrogado por la periodista sobre la pena de muerte, él contestó que a tal extremo él no llegaba nunca. El niño de los Riba, que llegaba del cole y venía con la mochila a la espalda, se había puesto detrás de nuestro presidente haciendo muecas y gestos obscenos a la cámara y su hermana, tapándose los hierros de la boca con una mano para que no salieran por la tele, tiraba del brazo de su hermano con la otra. El reportero de TV3 fue a la zaga de la violinista cuando ésta se disponía a entrar en nuestro portal, pero se lo quitó de encima arguyendo que tenía prisa, que la estaba esperando un alumno, y encontró el testimonio de Patricia, que lloraba desconsoladamente asegurando que el dramático suceso le había quitado las ganas de irse a su nuevo piso, bajo la mirada despavorida de su madre. Paco, con pantalón y camisa de lino, totalmente de blanco, desprendiendo calma y espiritualidad, atendió al reportero de “El programa de Mari Pili”, y a la pregunta de si sabía si existía alguna relación sentimental entre la víctima y sus compañeras de piso, y si creía que podría tratarse de un crimen pasional, él respondió: “Como diría Confucio, saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe, he aquí el verdadero saber”. Y ajenos a todo, Nuria y Miquel, “los Serrano”, llegaban con su bebé en el carrito, volvían de ir a buscar los papeles para adoptar una niña china y venían hablando animadamente de ello, sin enterarse de nada de lo que pasaba, ni falta que les hacía, tan felices ellos.

Continuará la semana que viene, con el primer encuentro con la policía y Laura metiéndose de lleno en el ajo...

domingo, 25 de mayo de 2008

A polis y ladrones - El mirón (II)


Parte II

En el sexto tercera vive la violinista, que toca en la orquesta sinfónica de la ciudad y da clases particulares en casa, cuya voz melosa y música celestial con la que deleita al vecindario contrastan con su aspecto físico, pues es bajita, regordeta, contrahecha y de ojos saltones, pero llamadla tonta, que durante las clases particulares se oyen también otro tipo de sonidos jadeantes y entrecortados, y no sólo realiza duetos, también tercetos. Lo que no se sabe es si es una manera de sacarse un sobresueldo, que la vida está muy mala, o lo hace por amor al arte y para el simple disfrute de su cuerpo serrano, pues este comentario oído una calurosa tarde de verano de ventanas de par en par, deduzco que pronunciado a un par de novatos, no me saca de dudas: “yo a vuestra edad ya me había tirado a toda la orquesta”.

En el cuarto cuarta vive Paco, un excompañero del colegio, apuntado de pequeño por sus padres a taekwondo para que se desahogara dando patadas en otro sitios y a otras personas fuera de su propio hogar, caso perdido para sus progenitores y para la institución escolar, que tras alguna que otra breve visita a las dependencias policiales antes incuso de su mayoría de edad por meterse en líos de baja intensidad, acabó encontrando su camino en el taichí durante su estancia en un centro de desintoxicación de drogas, y hoy en día es una persona de provecho y profesor de taichí en un centro de terapias alternativas, al que yo misma asisto, y te habla del yin, del yang y de taoísmo con su deje de macarrilla. Allí mismo se imparte pilates y biopilates, danza del vientre, salsaterapia, yoga y yoga extremo, reiki , terapia Gestalt y disponen de consulta astrológica y venta de piedras con propiedades curativas. Vivía con su compañera sentimental, profesora de pilates del mismo centro, a la que se la tragó la tierra unas semanas antes del asesinato sin despedirse ni del trabajo. A decir de él, ella lo había dejado y se había ido a otra ciudad.

Los Riba son una familia de lo más típico y entrañable, formada por padre apocado, madre histérica, niño hiperactivo, niña retraída y con hierros en la boca, abuela con Alzheimer que grita por las noches y a la que atan a la silla de ruedas durante el día para que no se escape, abuelo con demencia senil postrado en la cama, perro, tortuga y dos periquitos, todos ellos en un piso de 70 metros cuadrados, y que por algún misterio en los entresijos inescrutables del estado del bienestar no tienen prioridad en la asignación de plaza en las residencias públicas de ancianos, ya que la diligente asistente social ha hecho constar en el informe que “si el abuelo quisiera se levantaría de la cama y si la abuela quisiera se estaría sentada y no gritaría”

A los del segundo tercera les llaman “los Serrano”, y son una nueva familia típica. Miquel y Nuria están divorciados de sus anteriores parejas y cada uno tiene dos hijos. Según las semanas, como tienen la custodia compartida, son más o menos en el piso, dependiendo de si a los niños les toca estar con ellos o con sus otros padres. Hace poco, han tenido una niña fruto de su mutuo amor. Ahora están pensando adoptar una niña china.

En el sexto cuarta vive una treintañera profesora de inglés de un instituto público de secundaria, que aunque habita bajo los pies de “el látigos” y pared con pared con la violinista casquivana, no deja perturbar su espíritu ni su firme decisión de llevar una vida contemplativa respecto a los hombres, harta de buscarse siempre los que no le convienen, aunque alberga la esperanza de encontrar al hombre de su vida algún día. Adicta a las terapias espirituales y a las bebidas espirituosas, asidua a exposiciones de arte y películas iranís en versión original así como a tiendas de ropa mona y zapaterías, fan de libros de autoayuda y de historias de misterio. Incomprensible para sí misma y que se siente incomprendida por el mundo... Coño, si esta soy yo.

La semana que viene empieza la acción con las pesquisas de Laura en el caso del asesinato del mirón...

domingo, 18 de mayo de 2008

A polis y ladrones - El mirón (II)
Parte I

Antes de proseguir con la historia, creo necesario poner en antecedentes a los lectores sobre los vecinos que habitan la finca. Como los implicados en el caso que nos ocupa son los que dan al patio interior, los de las puertas tercera y cuarta, sólo hablaré de ellos.

El sempiterno presidente de la comunidad, del séptimo cuarta, es un señor muy serio y respetable que vive solo, siempre impecablemente trajeado, justo y competente en sus opiniones y actuaciones como presidente, alias "El látigos", por sus gustos sexuales de los que yo misma soy testigo auditivo, que vivo debajo, de quejidos e improperios siempre de voces masculinas. Sin embargo, en las reuniones vecinales nadie osa en su presencia hacer el mínimo comentario, ni sonrisilla, ni miradita de complicidad entre vecinos cuando por ejemplo, refiriéndose a los obreros que estaban arreglando la fachada, decía “hay que ser inflexibles”, porque es un mandamás de Hacienda, y con el dinero no se hacen bromas.

El señor Mateu, del tercero tercera, está jubilado aunque va todos los días a Barcelona a trabajar al Arzobispado, donde se encarga de la maquetación de la hoja dominical, gracias a los conocimientos adquiridos en un cursillo de Quark express para jubilados que realizó en el centro cívico del barrio, y aunque tiene parálisis del brazo izquierdo de resultas de una embolia, con la mano derecha maneja a la vez el ratón y el teclado con una habilidad pasmosa. Esta tarea la realiza motu proprio y sin remuneración alguna por los servicios prestados, sólo por la fe en la salvación de su alma, porque al parecer, el primer día que fue le dijeron “Dios te lo pagará”, y eso, en el seno de la iglesia católica, va a misa. Su señora esposa es la mismísima Doña Urraca de los tebeos hecha carne y huesos.

Tuvieron un hijo que voló del nido familiar en cuanto tuvo uso de razón y la edad de emanciparse, y se fue a vivir a Gerona, al que no se le ha vuelto a ver el pelo nunca más, y eso que ellos le habían comprado un piso en la misma finca. Dicho piso, el primero tercera, lo tienen alquilado, y en aquella época allí vivían: una familia de rumanos, padre, madre e hija, que ocupaban una habitación; dos mujeres ecuatorianas empleadas del hogar que compartían habitación y cama, y a decir del vulgo, no eran pareja sino que sus exiguos ingresos no les permitían más; y en la tercera habitación, un catalán prejubilado con la pensión de invalidez y recién divorciado a los cincuenta. Cada uno de ellos con un candado en la puerta de su habitación. Los dueños de la casa, que no sólo desean la salvación de sus propias almas sino también la del prójimo, convencidos de que sólo una vida parca, sencilla y alejada de frivolidades abre las puertas al reino de los cielos, mantienen el piso de origen y sin ningún detalle que pueda suponer el menor atisbo de confort, de manera que los inquilinos han de superar diariamente pruebas de austeridad cristiana que fortalezcan su espíritu.

En el octavo tercera vive la familia Vilajosana, catalanes de pura cepa, y en el octavo cuarta los Sánchez, que también lo son. A sus hijos, Pere y Patricia, que viven con sus respectivas familias, se les conoce como “los amantes de Teruel”. Ambos enamorados, de tan sólo 38 añitos, protagonizan una bonita y acaramelada historia de amor que se fraguó en su más tierna infancia, y que ha durado hasta nuestros días, sin perjuicio de algunos breves períodos de paréntesis por infidelidades y disputas varias de jovenzuelos. Hace 8 años que se compraron un piso de protección oficial, que les tocó por sorpresa sin saber ni ellos mismos que optaban a uno porque quienes presentaron la solicitud en su nombre fueron los padres. Pero, esas cosas que pasan, que te pones a cambiar los pomos de las puertas y acabas cambiando el suelo tres veces y los armarios de la cocina dos porque, cuando lo han acabado de poner, ya no se lleva ese estilo y no tienes bemoles de irte a vivir si no está todo como mandan los cánones de la moda. Él es Project manager en HG y ella médico cirujano en la Péknon, y aprovechan los fines de semana para irse de compras a Nueva York, mientras sus mamás les preparan el bocadillo para el lunes. Hace poco, tomando café en mi casa, Patricia me confesó que últimamente estaba un tanto inquieta por la poca prisa que veía en Pere en trasladarse a su nidito de amor. ¿Crees que ya no me quiere, Laura?- me inquirió.

El décimo tercera es el piso maldito. Cuentan los que habitan el edificio desde los inmemorables 70 en los que reinaba la ropa de pana, que aquel piso quedó maldito tras un trágico y sangriento suceso sobre el que se corrió el más tupido de los velos y del que no osan ni hablar. Tras el infame hecho, el piso fue puesto a la venta y comprado por un anónimo que nunca se ha dado a conocer y el susodicho lleva veinte años cerrado. Sin embargo, los vecinos colindantes aseguran que de tanto en tanto se oyen ruidos y movimiento en su interior, y las persianas aparecen ora subidas, ora bajadas. A mí me explicó la Paqui lo acaecido allí, pero juré no contarlo... a no ser claro, que algún día ocurra algún hecho que haga necesario sacarlo a la luz...

Continuará el lunes, con el resto de los vecinos...